Dr. JUAN BAUTISTA GHIANO

NOGOYÁ

EN EL HISTORIAL

DE

ENTRE RÍOS

Es una reedición del original editado en 1950

PROLOGO

Carente de toda pretensión literaria, con el solo fin de revivir el pasado de mi pueblo relacionándolo con la historia de Entre Ríos, he escrito estas páginas que sin ser un estudio profundo del tema pueden servir de base para trabajos futuros de mayor aliento. Entiendo que considerables errores que comete el pueblo Argentino se deben en gran parte al desconocimiento de la historia nuestra.

El presente está condicionado al pasado y aquel proyecta el futuro. La historia es una cadena lógica de acontecimientos.

El pueblo que desconoce lo que fue, como se formó, que signo filosófico determinó la evolución de sus ideas, se ignora y es un conglomerado sin alma que no podrá ser, hasta que se reencuentre, una Patria.

Estas consideraciones nos atañen doblemente en el caso nuestro, teniendo en cuenta que en la actualidad el País esta formado por una generación dislocada del pasado, de origen foráneo extraño al medio nacional. Es urgente hacerles conocer lo auténticamente nuestro.

Si la lectura de este modesto relato de historia de la «Patria chica», determinan en el lector interés y entusiasmo para estudiar sin dogmatismos la Historia Argentina y su devenir en América: se verán ampliamente compensados mis afanes de «historiador Nogoyaense»

Nogoyá - Primavera de 1950

El autor

CAPITULO I

La fisonomía de la tierra, el medio que nos rodea, la geografía en resumen, forma al hombre, dándole los rasgos peculiares que lo particularizan dentro del tipo nacional, determinando asimismo los fenómenos sociales. La tierra está en estrecha determinación del hombre. El «continente» de Entre Ríos ha modelado al entrerriano. Su configuración, ríos anchurosos que lo circundan, el Uruguay y el Paraná marcándole limites irrebasables, hacen de este verdeante pedazo de suelo argentino una isla sometida al dinamismo siempre cambiante de sus aguas. Las soberbias colinas la «Cuchilla Grande» al Este y la «Cuchilla de Montiel» al Oeste corriendo de Norte a Sur originan numerosas dicotomías que quiebran la provincia en valles y regiones independientes que, al determinar intrincados sistemas de ríos y arroyos interiores, dan al suelo notable diversidad, formando los casi independientes pagos entrerrianos que han llevado a considerarla como una «Suiza Argentina». Con el complemento geográfico de la gran selva de «Montiel», refugio de matreros con leyendas de coraje, y el extenso delta del Paraná luminoso y polícromo en sus mil islas. El hombre entrerriano, un aislado, considerando a cada pago su tierra dentro de la misma provincia, resultó un localista. Las tierras fueron divididas por la naturaleza y así surgieron las parcelas particulares y las divisiones administrativas. Particularismo y localismo, resistencia al centralismo, he ahí el signo entrerriano.

En cuanto a la nomenclatura, el nombre de Entre Ríos lo propuso Don Tomás de Rocamora al Virrey Vértiz en 1782, traduciendo el aspecto del terreno y referente a Nogoyá, núcleo de los acontecimientos a relatarse; su significado es de litigio y sin solución. Se ignora lo que esta palabra quiere decir al aparecer señalando el nombre de nuestro arroyo a mediados del siglo XVII; no es palabra guaraní y menos charrúa y a través de los tiempos se ha escrito Novolla, Noboia, Novoya, etc.; para complicar el problema, en Paraná a fines del siglo XVIII existía un vecino de apellido Nogoyá, fallecido en Gualeguay en 1783. El primer documento oficial que lleva este nombre corresponde al año 1749 en que el gobernador de Santa Fe comandante Vera Mujica comunica al cabildo de su ciudad haber vadeado el Novoyá. Otros consideran este nombre como derivado de aguas en diversas formas y en algún idioma indio. Lo real es que Nogoyá da nombre al río o arroyo y al pago, luego al partido y departamento, limitado por los arroyos Sauce, Ají, Durazno, Obispo, Raíces, Las Tunas y la Selva de Montiel. En 1782 Rocamora escribe así de nuestro río epónimo: «El Nogoyá arroyo profundo, encajonado y pantanoso, cubierto de maleza, corre al Sur desde las puntas del Palmar que lo origina en espacio de 26 a 28 leguas y corriendo un poco al Oeste desemboca en el Paraná Chico en cuya confluencia forma barra imposibilitando la entrada de todo bastimento de algún porte. Los habitantes de este lugar, que realmente dividen los partidos de Paraná y Gualeguay, no quieren entenderse unos y otros. Nogoyá «arriba» y «abajo» son sus denominaciones y así se conocen en la práctica. Repruebo la tenacidad de la gente de Nogoyá y condeno su implacable excusa de querer ser independientes de la feligresía de Gualeguay seguida con tal tesón...» Mucho tiempo después los vecinos de Nogoyá «arriba» tras larga resistencia se decidieron a obedecer las autoridades que administraban la ciudad, quedando así vencido el acendrado localismo de sus pobladores.

En cuanto a los primeros españoles que exploraron el partido de Nogoyá, son los mismos que conquistaron estos parajes para la corona hispana. Seguramente el primer blanco español que visitó Entre Ríos fue el marino Francisco del Puerto, perteneciente a la expedición de Solís quien vivió en el Delta del Paraná y luego se incorporó a la expedición de Gaboto. Perteneciente a la empresa descubridora de Magallanes el Capitán Juan Alvarez Rodríguez Serrano recorrió el Río Uruguay. Tras la fundación de Buenos Aires por Mendoza en 1536, de Santa Fe por Garay en 1573, salieron de estas villas las corrientes colonizadoras que poblaron el «continente» de Entre Ríos. En efecto: Hernandarias en 1607 recorrió la provincia y sometió indios charrúas -especialmente en el Oeste entrerriano- donde dejó pobladores, repitiendo estas entradas dos veces más antes de su muerte. Continuando desde Santa Fe esta permanente corriente de pobladores, todos los grandes terratenientes de nuestros campos fueron ganaderos santafecinos. Los tenientes gobernadores Vera Mujica, Echagüe y Andía excursionando desde Santa Fe dieron fin a los últimos indios de la mesopotamia. Desde Yapeyú, capital de las antiguas misiones guaraníticas, salieron españoles y especialmente criollos quienes con el fin de hacer «vaquerías» y poblar con ganados, fueron ocupando campos de Entre Ríos, en forma tal, que a mediados del siglo XVIII, no quedaban indios en nuestro solar provinciano. Referente a nuestros indios, los que poblaban el Entre Ríos, poco se puede decir: pertenecían a la raza pampeana y tupí-guaraní del grupo de los chaná-charrúas; los guaraníes puros ocuparon el delta y en total todos ellos, no pasaban de unos 30.000 diseminados en la provincia. Nómades, sin casa ni techo, con poca vestimenta, armados de flechas, hábiles en la lucha especialmente de a caballo, al que habían adoptado desde que éstos fueron introducidos por los españoles. Libres y sin gobierno, de una libertad que no pudo abatir ni la pesada mano del conquistador ni la suave persuasión del misionero y, que a través de la sangre fue inoculada en el criollo, tan dispuesto a defenderse de ataduras patronales como de opresiones oficiales. Los últimos representantes de las tribus charrúas y minuanes se desplazaron hacia la Banda Oriental en su frontera con el Brasil y ahí fueron exterminados por el general J. Rivera a fines de 1830. De esta herencia india nuestro gaucho recibió el permanente individualismo, cierto afán desinteresado y valor para las gestas localistas y libertarias. En resumen: tan humilde para no esclavizar como soberbio para no admitir tiranos.

Durante buena parte de los siglos XVII y XVIII la situación comercial y económica de Santa Fe fue en extremo angustiosa por estar colocada tierra adentro, alejada del Río Paraná quedando al margen de todo intercambio comercial, sus habitantes debieron mirar hacia la banda oriental del Paraná, es decir hacia Entre Ríos, donde podían criar sus ganados especialmente mulas, que a buen precio se vendían en el Perú para el laboreo de minas, motivo por el cual fueron ocupando los buenos y feraces campos de Entre Ríos, siguiendo dos caminos: uno al Norte que los llevo a poblar Don Cristóbal, Algarrobitos, Crucesitas, llegando así al Paso Colorado del Nogoyá para formar «El Pueblito». Los que se orientaron hacia el Sur rumbo a Gualeguay por el Paso de «abajo» poblaron los campos que fueron de los Crespo, Larramendi, Candioti y otros vaqueros santafesinos y se extendieron sobre el actual departamento de Victoria -que pertenecía al partido de Nogoyá- situación que se prolongó hasta 1840 en que por decreto del gobernador delegado don Antonio Crespo se separaron. Los primeros pobladores del Pago de Nogoyá dieron nombres a sus arroyos, cuchillas, parajes, rinconadas, y de algunos quedan memorias por escrituras, papeles oficiales o decretos con comunicaciones de alcaldes; de ellos se pueden señalar: Don Cristóbal (en recuerdo del descendiente de Garay, General Cristóbal de Garay), en este pago y en Chiqueros se avecinaron Baltazar Antúnez, Juan Sola y su esposa María Retamal, padres de Don León Sola, tres veces gobernador de la provincia, Nicolás Correa, Feliciano Valenzuela, Secundino Sola, Francisco Bergara (de actuación destacada en los días de mayo), Vicente Britos, Antonio Arrúa, Bernardo Isaurralde, Isidro Saldaña (Abuelo de Fray Reginaldo), Bernabé Fernández, Antonio Romero, Andrés Corbalán, Olegario y Santiago Retamal, Gregorio Villanueva y Gregorio Niz. En Montoya y Sauce poblaron Teodoro Lencina, Juan Reyes, Manuel Echandía, Juan Arma, Juan Antonio Cardozo, que dio nombre al arroyo Cardozo y Ramón Ascúa. Por Algarrobitos fueron: Feliciano Godoy, Marciano Cabrera, Pedro Barrenechea, José Albornoz, Alejandro Díaz, Francisco Taborda, José Méndez, Joaquín Medrano y Regalado Velázquez. En las puntas de la Selva de Montiel ocupó campos don Pedro Mendizábal y en las costas del Vizcaino don Juan Broin de Osuna, más tarde comandante militar del Paraná. El solar de la ciudad de Nogoyá parece haber sido de Leandro Duré y Basilio Tolosa lindando con campos de Patricio Albornoz y de Javier Crespo. Los campos de Albornoz llegaban hasta el Arroyo Patricio (por su nombre). Por el Chañar tenían campos Justo Hereñú, (abuelo del Coronel Domingo Hereñú), Francisco Arismendi, Antonio Maidana, Pedro Enrique, Víctor Iparraguirre, Santiago Hereñú, Miguel Godoy, Joaquín Cardoso, José G. Cardoso, Vicente Zapata, Ricardo Francia, Manuel Gómez de Celis, Pedro Solís, Vicente Segovia, Eugenio Burgos, y Antonio Isaurralde.

En 1803 por disposición superior, los Curas Párrocos debieron levantar un censo de los Jefes de familias que habitaban sus respectivos partidos y en los ejecutados por las Parroquias de Paraná y Gualeguay, comprendiendo los pagos de Nogoyá arriba y abajo que le eran subrogantes, encontramos los siguientes nombres que realmente corresponden a un primer censo de personas de Nogoyá. Entre ellos se señalan los siguientes: Ignacio Berón, Petrona López, Bartola Berón, Fermín Cabrera, Bernardo Casco, Francisco Arismendi, Francisco Duré, José Velázquez, José Banegas, Juan Córdoba, Juan Medina. Alberto Osorio, Juan Aguirre, Mariano Ferreyra, Francisco Monzón, Nicolas Sandoval, Felipe Albarenque, Silvestre Barreto, Juan López, Jacinto Taborda, Bautista Medrano, Marcos Ramírez, Antonio Romero, José Corrales, María Saucedo, Lorenzo González, Juan Márquez, Victoria Vallejos, Manuel Moreyra, Bernardo Britos, Martín Vergara, José Franco, Juan Inojosa, Domingo Lozano, Juan García, Pedro Pablo Cardoso, Rosario Arín, Ramón Zanabria, Bernardo Rueda, Fernando Acosta, José Corbalán, Pascual Ojeda, Lucas Mansilla, Andrés Luna, Felipe Melo, Antonio Zoloaga, Francisco Lares, Esteban Saavedra, Adrián Esquivel, Lázaro Albornoz, Antonio Ríos, José Escobar, José Olivero, Ramón Montiel, Pedro Bazán, Mateo Ledesma, José Ovejero, Manuel Cepeda, Hipólito Duré, Gregorio Avalos, Pedro Samaniego, Teodoro Ledesma, Ponciano Vera, Julian Salinas, Andrés Gaitán, Roque Caballero, Carlos Reyes, Eloy Caminos, Teresa Ortega, Celedonio Cardoso y José Zapata.

CAPITULO II

A la creación del Virreynato del Río de la Plata en 1776 la Provincia de Entre Ríos contaba con escasa población diseminada en extensos campos casi todos reales, o en enormes feudos particulares cedidos a poderosos terratenientes; las estancias de Nogoyá correspondían a vecinos calificados de S. Fe. La autoridad civil en la provincia estaba representada por un funcionario, «El Alcalde de hermandad» residente en la Bajada, en 1782 se nombró a Santiago Hereñú primer juez pedáneo de Nogoyá. En el orden eclesiástico, la Bajada tenía desde 1730 iglesia con sacerdote mientras que en el resto de la Provincia a la creación del Virreynato que carecían de prelados, tal acontecía en los pagos de Gualeguay, Gualeguaychú y C. del Uruguay. El prolongado conflicto hispano-lusitano originado por la tenencia de la Banda Oriental y la costa Norte del Río de la Plata, -surgido apenas se iniciaron los descubrimientos y los adelantazgos y continuando en forma intermitente por casi tres siglos, tras el tratado de Tordesillas, San Idelfonso y La Paz de Utrech- demostraron a los reyes de España lo difícil de mantener la soberanía sobre la Colonia de Sacramento, Maldonado, Montevideo y las Misiones Orientales. Estas luchas coloniales agravadas por la participación de Inglaterra y Holanda llevaron al ánimo del rey Fernando VI la convicción de reforzar la frontera oriental de Entre Ríos que limitaba la zona disputada, levantando en ella pueblos que fueran defensa de la soberanía, para lo cual se encargó al nuevo Obispo de Buenos Aires don Santiago Malbar y Pinto recientemente designado, que conjuntamente con el virrey don Pedro Ceballos y Cortés dieran forma a esta real idea. En efecto, el Obispo Malbar y Pinto luego de arribar a Montevideo en febrero de 1779 pasó a Entre Ríos, donde visitó las Capillas de Gualeguay, Gualeguaychú, Arroyo de la China, San Antonio (ahora Concordia) y de ahí pasó a Corrientes, La Bajada, Santa Fe y Buenos Aires. En esta visita el prelado pudo ver la desamparada situación de los pobladores, especialmente en lo referente a la tenencia de tierras y predios -que en manos de poderosos terratenientes, no dejaban poseerlas a los modestos habitantes que las necesitaban para sus ganados y sembrados. En este orden de cosas el nuevo Virrey que lo era en 1779 Don José de Vertiz, americano, tan capaz, solucionó la situación de los primeros 40 vecinos de Gualeguay, que temerosos del propietario y comandante del partido don Agustín Wright, le solicitaban seguridad para sus tierras. Tras de asegurar estos derechos, Vertiz comunicó al Obispo Malbar su resolución de fundar la parroquia en Gualeguay, para lo cual designó al Presbítero Andrés Fernando Quiroga y Taboada, español de nacimiento que venía de desempeñar su ministerio como cura párroco en la Capilla Boliviana de Santa Ana en el Alto Perú. Quiroga y Taboada llegó a Gualeguay el 12 de noviembre de 1781. Con toda diligencia y con la colaboración pedida al vecindario reedificó la capilla en el sitio que había elegido el Obispo; no resultó esto de agrado a la población por lo que se produjo reacción popular, vía de hechos, golpes y magulladuras que el Sargento Mayor de Paraná don Juan Broin de Ozuna no atinó a resolver, elevando los antecedentes de la contienda al Gobernador de Santa Fe don Melchor de Echagüe y Andía; este funcionario ordenó al comandante del partido de Gualeguay don Agustín Wright que pusiera paz y elevó los antecedentes de la causa al señor Virrey quien el 27, de febrero de 1782 comisionó al Capitán de Dragones don Tomás de Rocamora tomara a su cargo la solución del pleito de Gualeguay y al mismo tiempo estudiara en forma total los problemas y las necesidades de la región, dándoles forma jurídica y autoridades civiles y eclesiásticas a las villas, a saber: La Bajada de Paraná, Nogoyá, Gualeguay, Gualeguaychú y Arroyo de la China (C. del Uruguay).

Estas villas, que no tenían existencia legal o administrativa, ya eran aglomeraciones de vecinos con sus ranchos, pulperías, carnicerías, etc., es decir pequeños núcleos que con excepción de Nogoyá contaban en esa época con capillitas. La designación de Rocamora fue un acontecimiento acertado y de extraordinaria trascendencia para Entre Ríos; forma parte él, de la lista de los gobernadores españoles, ilustres funcionarios, que dejaron obras de beneficio para la provincia. Entre ellos podemos señalar a: don Juan de Garay, primer poblador e introductor de las especies ganaderas fuente de nuestra riqueza, a Hernadarias, gobernante de origen americano que sometió a los indios charrúas; al gobernador Vera Mujica que pobló las primeras estancias; al sacerdote Arias Montiel que fundó la parroquia de Paraná y su escuela; al veedor del Virrey don Joaquín Barquín explotador de las primeras canteras del Uruguay; al obispo Malbar y Pinto a cuyo aliento se debe la creación de las parroquias de las Villas entrerrianas. Tomás de Rocamora nació en 1740 en Granada, pueblo de Nicaragua, criollo por lo tanto, se trasladó a España donde siguió la carrera de las armas y vino a Buenos Aires con el primer Virrey Ceballos pasando luego a Montevideo con Vertiz, que lo designó comandante de Entre Ríos para beneficio de sus pobladores, actuando allí hasta el año 1806 en que pasó a desempeñar el cargo de gobernador de Misiones; al estallar la revolución de Mayo, le prestó acatamiento y le sirvió con su espada. En 1811 Belgrano lo incorporó a la expedición al Paraguay y en 1812 lo puso al frente del regimiento de infantería de Cívicos Blancos; meses más tarde se retiró del servicio activo falleciendo en Buenos Aires en marzo de 1819.

El pueblo de Entre Ríos esta en deuda de homenaje con Tomás de Rocamora, notable y visionario gobernante virreinal que amó a Entre Ríos, entendió a sus habitantes y propuso soluciones acertadas para sus problemas administrativos, sociales y económicos; agregando a todo esto, el haber sido el primero que en comunicación al Virrey Vertiz designó con el nombre de «El Entre Ríos» a estas regiones que tanto supo comprender. Llegado Rocamora a Gualeguay levantó sumario, estudio el conflicto entre una parte de los vecinos y el padre Quiroga y Taboada, antecedente que llevó a resolución del Virrey Vertiz, el que en marzo de 1782 suspendió a Quiroga y Taboada reemplazándolo por Fray Agustín Rodríguez. Imposibilitado el padre Taboada por esta resolución de poder seguir atendiendo su ministerio en Gualeguay, se traslado en el mes de julio a los pagos de Nogoyá «abajo» con el objeto de construir una capilla que funcionara como vice-parroquia de la de Gualeguay, y en tal sentido, a fines de dicho mes escribió a Rocamora comunicándole haber cumplido con tal cometido y fecho la carta en el «Carmen de Nogoyá». Los fundamentos legales y especialmente eclesiásticos de esta fundación, los había señalado el Obispo Malbar en carta a Quiroga y Taboada el 31 de enero de 1781 cuando le decía: «su curato comprende el Noboya de una a otra banda pero no la Matanza», por ese motivo al asumir el curato de Gualeguay, lo hizo con el titulo de «Cura del Gualeguay Grande y partido de Nogoyá». En este orden de cosas en los primeros días de julio de 1782, el padre Quiroga y Taboada reunió al vecindario del paso de Nogoyá «abajo» y de acuerdo con ellos procedió a edificar la capilla que levantó en el solar que actualmente ocupa la Iglesia de Nogoyá dejando el resto de terreno para cementerio. Por razones localistas los vecinos del pago de Nogoyá «arriba» (El Pueblito) no participaron de la fundación, ellos preferían seguir dependiendo de las autoridades y del cura de la Bajada. El lugar elegido por el Padre Quiroga y Taboada resultó acertado por estar situado en el centro de lo que sería más tarde el partido de Nogoyá y corresponder a terreno con agua cercana, rodeados de espesos montes que proporcionaron maderas para las construcciones y desde el punto de vista geográfico, estaba en el cruce de los caminos de Paraná a Uruguay y sus ramales a Gualeguay y la Matanza.

La cuchilla que eligió el padre Quiroga formaba parte del campo del vecino don Alonso Enrique, lindero de Leandro Duré y Basilio Tolosa. El primero, según la tradición, entregó sin pago alguno materiales para la construcción de la capilla por importe de ciento diez y seis pesos y 4 reales. El Padre Quiroga, hombre de acción y de hacer con sus manos, trabajó como albañil, para levantar la capilla, tallando la imagen de la Virgen del Carmen que todavía ocupa el altar mayor de la iglesia . El gobernador militar de Entre Ríos don Tomás de Rocamora, aprobó complacido esta fundación, nombrando al año siguiente a don Santiago Hereñú juez pedáneo con jurisdicción en todo el partido de Nogoyá.

Con estos acontecimientos podemos considerar a la Villa fundada legalmente, con autoridades eclesiásticas y civiles, iniciando Nogoyá una línea de permanente progreso, afrontando las constantes vicisitudes y luchas que los acontecimientos de la provincia y la Nación le depararon, donde los nogoyaenses tomaron determinaciones claras, acertadas y patrióticas. Al año siguiente, por traslado del padre Taboada, la villa quedó sin sacerdote hasta la llegada de fray Ignacio Sosa, que organizó independientemente de Gualeguay los libros parroquiales; fueron capellanes del Carmen, transitoriamente, los siguientes sacerdotes: Fray Francisco Vilches, José Priego, Angel del Rosario, Pedro Esquiro, Hilario Correa, Bernardo Oroño, Vicente Apari, y Basilio Millán -que permaneció varios años en forma intermitente- Mariano Cruz y José Vicente Añasco. Luego del curato de Fray Sosa, fueron capellanes en 1797 Fray Pedro Ximénez, Antonio Díaz, Pantaleón Robledo, Santiago Loza con quienes se inicia el siglo XIX; siguiéndoles Joaquín Salvadore, Lorenzo Isla, José Teodoro Lima, Antonio Pastor, Gregorio Ramírez, Agustín de los Santos, Manuel de la Torre, Clemente Maradona, Apolinario Guillem, Hermenegildo Bordony y el 9 de abril de 1807 llegó fray Miguel González que permaneció hasta 1815. Estos sacerdotes desempeñaron con fe y altura su misión espiritual y fueron los primeros maestros de la villa, seguramente por cultura y conocimientos también lo fueron médicos, pero sobre todas las cosas, fuentes de consuelo y saber.

En 1793 la villa tiene nuevo juez pedáneo en la persona de don Juan Sola, padre del futuro gobernador don León Sola. En el empadronamiento que se mandó practicar en 1788, seis años después de la creación de la capilla , con el fin de alistar las milicias del partido de Nogoyá, fueron censados 150 vecinos cabeza de familia y 2.000 habitantes más entre adultos y niños. Estas milicias mandadas reclutar por el Marqués Virrey de Loreto y a cargo del comandante militar Tomás de Rocamora, se organizaron en los cinco partidos de Entre Ríos formándose en Nogoyá dos compañías de caballería; la del partido de Nogoyá «abajo» tenía la siguiente oficialidad: capitán Santiago Hereñú, teniente Miguel Godoy, alférez Martín Hereñú, sargento Antonio Aurralde, sargento Roque Caballero, cabos Joaquín Arce, Feliciano Godoy, Tomas Aquino y Basilio Tolosa; tropa, cincuenta soldados de caballería. La compañía del partido de Nogoyá arriba (El Pueblito) tenía por capitán a don Tomas Barreto, teniente Pedro González, alférez Pascual Bergara; sargentos: Juan A. Retamal y Antonio Almeida; cabos: José Ignacio Bogado, Dionisio Moreno, Francisco Páez y Marcos Alcorta; tropa 38 soldados de caballería.

En 1786 el vecino don Juan Antonio García tomó las primeras disposiciones en el sentido que podríamos llamar de gobierno municipal, o mejor dicho edilicias; en tal sentido señaló la manzana para la plaza frente a la iglesia e indicó los rumbos de las calles que partiendo de la plaza marcaban los puntos cardinales. Sobre estas primitivas calles, lentamente se fueron alineando los humildes ranchos de barro crudo y techo de paja donde habitaron los primeros nogoyaenses; el poblado aparecía rodeado de espesos montes apenas cortados por las picadas o caminos que se dirigían a la Bajada, Gualeguay y Uruguay. En 1805 el pueblo se vistió de gala y estuvo de fiesta para recibir y agasajar al obispo de Buenos Aires don Benito de Lue y Riega, que llegó en mayo acompañado de su secretario, el Dr. José Francisco de la Riestra.

En estos primeros años la villa sufrió por falta de autoridades municipales, debido en gran parte al traslado de Rocamora ordenado por el Virrey Loreto, lo que impidió a aquél dar cumplimiento a la disposición del Virrey Vértiz, en el sentido de crear en Nogoyá el cabildo que le correspondía, tal como se había hecho con Gualeguay, Gualeguaychú y Concepción del Uruguay; cabildos que en ese momento y por intermedio del nuevo comandante de Entre Ríos, Don Francisco de Ormaechea, dependían de las autoridades de Buenos Aires. Como resultado de estas circunstancias Nogoyá quedó en situación muy especial, casi diríamos sin autoridad, pues el Virrey Loreto no tomó resolución alguna sobre el pedido de Rocamora y este partido y la bajada siguieron dependiendo, por tradición, del Cabildo de Santa Fe. Tal desorden administrativo trajo numeroso pleitos, propios de las pequeñas villas, donde participaron vecinos principales como don José Francisco Taborda, Justo P. Hereñú, Pascual Bergara, Manuel Bergara, Lorenzo Moreira, Bartolo Godoy, Juan José Martínez y otros más.

En medio de pequeños acontecimientos y sin alternativas se deslizaron los años coloniales de la villa, vida simple y sin complicaciones; los trabajos se reducían a la explotación de la ganadería para la venta de animales en pie destinados a Santa Fe y de mulas que se arreaban al Perú; criándose estos animales en los montes que la rodeaban y de donde se extraía también madera y leña, que en parte transformada en carbón, se vendía en Buenos Aires. La gente era ruda y tosca, muy contados niños aprendían primeras letras y el catecismo bajo la paternal vigilancia de los capellanes que hacían de la iglesia el templo del Señor y la escuela. Nada más gráfico sobre el estado de la villa y sus alrededores que el informe de Rocamora elevado al Marqués de Loreto en abril 3 de 1785 en su segunda actuación como comandante militar de Entre Ríos. Dice Rocamora después de haberse referido al estado en que encontró las villas de Gualeguay, Uruguay y la Bajada: «si expuse a V.E. que el Paraná necesitaba justicia, arreglo y formalización, es más exigente esta necesidad en Nogoyá. En el mismo arroyo arriba, nunca se ha conocido la justicia: sus puntas han sido siempre un asilo de forajidos, porque contigua a Montiel, paraje muy encubierto y con ganados (que manifiesto a V.E. con separación) se comunican con él y burlan cualquier solicitud. En el día se frecuenta con más gauderio el paraje. Como las faenas de Paisandú en que empleaban algunos centenares de hombres y otras, seguro refugio de los malevos, se han disminuido notablemente; y como el Capitán don Félix de Rosales con fuerza y actividad, los campos desde el Uruguay hasta la Laguna todos los charqueadores, todos los contrabandistas, todos los perversos, no pudiendo continuar sin muchos sobresaltos su mal modo de vivir por allí se ven precisados a internarse por los mismos campos a los dominios de los portugueses o a acojerse a los Pueblos Tapes de las riveras del Uruguay, pero no siendo bien admitidos en los extraños, y regularmente mal acogidos entre los naturales, siguen el último recurso que es pasar el Uruguay por los pasos falsos que ellos saben, y se descuelgan por encima de la nueva villa de la Concepción, a buscar como el centro en la parte alta de estos partidos donde encuentran una vida para ellos feliz. Es todo aquel terreno de muchas leguas, generalmente montuoso, pero entre las puntas del Guayquiraró, río que emboca en el Paraná, y los del Mocoretá otro que desagua en el Uruguay, pasa mediando una cuchilla muy espaciosa descubierta, abundante de agua y pastos, (la propuse a la superioridad que reside en V.E. para una sexta población) donde los ganados alzados salen a despejarse de entre el monte y donde los aprovechan como algunos transitantes cuyos cadáveres se encuentran, los fugitivos de Misiones y de otras partes, desertores y otros tales que siempre se han fixado allí y a quienes se han agregado los nuevos huéspedes del día. Cuando sus necesidades le instan, esto es que les falta tabaco, yerba o cuchillo, bajan a la punta del Nogoyá donde a trueque de cueros de tigre y toro, celio y grasa se proveen y se retiran a su guarida o se mantienen allí jugando, fiados en el recurso que les ofrece el monte».

«Acaba de decirme uno de los que frecuentan aquellas espesuras, que la última vez que estuvo por allí, habiendo advertido 22 fogones, le parecía que debería ser mucha gente y siguiendo el rastro fresco alcanzó a ver al pasar de un arroyo, hasta diez mujeres y algunos hombres que él creyó en número, por lo que retrocedió antes que lo sintieran y cortaran». «En fin, Señor Excmo., dígnese V.E. creer que el tal Nogoyá arriba es un territorio indominado y de conciencia libre para toda maldad. El amancebamiento allí se extiende a común, sin que se reserve mucho parentesco. El hurto es su comer; las puñaladas son frecuentes y no raro los homicidios. En el poco tiempo que hace estoy en esta capilla, sé positivamente que un hombre dio a su mujer dormida tres puñaladas porque ausente él iba con otro. Hubo queja al comisionado, dio por bueno el hecho y el agresor allí se anda. Fueron al monte algunos, volvieron sin él un compañero, y dexeron que se había estrellado en un tronco; pudo ser muy bien pero ni se aprehendieron ellos, ni se buscó el cadáver para asegurarse del hecho; últimamente acaban de matar a dos hombres, sin que ninguno de estos casos, que yo sé por públicas, haya dado aviso aquel buen comisionado. Este es un rasgo del territorio que trato; para su mayor desorden poco antes que yo llegara, separó Ormaechea al Nogoyá del Paraná con quien siempre estuvo en unión. Separación intempestiva que no debió haberse efectuado hasta que se formalizara su población. Al fin, la dependencia del Paraná, les daba, aunque no muchas alguna sujeción; hoy viven sin ella...». Como se lee, la situación de nuestro Nogoyá, costumbres y estado dejaban mucho que desear.

Sin mayores sobresaltos sigue la apacible vida colonial con la quietud fecunda de la semilla que espera la hora propicia para eclosionar en magnífico futuro. Letargo apenas movido por noticias de la metrópoli, que agitaba la tormenta de la revolución francesa y sus guerras contra los reyes en el vasto campo de Europa, sembrando revoluciones que se concretaron en la declaración de los derechos del hombre, con impulso tal, que tambalearon los tronos y los privilegios. La aparición deslumbrante de Napoleón, unciendo Europa a su corcel de guerra complicó la situación dinástica de España que se colocó contra Inglaterra; motivo por el cual se producen las invasiones inglesas del Río de la Plata, acontecimiento que trueca el rumbo de la colonia y de los criollos al dar a éstos la posibilidad de medir sus fuerzas y adquirir noción de soberano valer. Algunas milicias de Entre Ríos, especialmente el regimiento Urbano de C. del Uruguay completado con soldados del interior de la Provincia, algunos de Nogoyá, marcharon a la plaza de Montevideo a reforzar las fuerzas locales que se aprestaban a rechazar la segunda invasión inglesa. Los jefes fueron: capitán Juan Vilches, comandante Josef de Urquiza (padre del general don Justo José), teniente Ramón Piña y sargento Juan Antonio Centurión. Se conserva el nombre de algunos de estos gloriosos soldados nogoyaenses que junto a los hermanos del virreinato lucharon contra los ingleses. Son ellos: Josef Correa de 30 años, casado; Lucio Barrios de 32 años, soltero; Dionisio Moreira de 27 años, casado; Romualdo Escudero de 24 años, soltero; Miguel Gerónimo Nuñez de 24 años, soltero; Manuel Moreno de 30 años, casado y Policarpo Ramírez de 34 años, soltero.

Aunque resulte difícil afirmarlo dentro de la posibilidad de documentarse, parece que por el año 1803 se modificó la sencilla capilla o se edificó una nueva casa para la Virgen del Carmen. Tal consigna el Prof. Segura en su libro «Historia de la Virgen del Carmen de Nogoyá». En cuanto al comercio y la industria en la época española de Nogoyá poco se puede decir. Villa Central, sin ríos navegables ni caminos, rodeada de selvas, formando apenas una minúscula parte del virreinato que por aberración de la época y de las ideas imperantes en los círculos oficiales de España, estaba sometida a un estatismo simple, determinante del monopolio real que coartaba toda iniciativa privada y por lo tanto haciendo languidecer el comercio y las finanzas. El intercambio exterior se formaba por la exportación de cueros, cerdas y cebo, productos que podían resistir los inconvenientes de la navegación sin frigorífico.

Como ejemplo característico de las ideas imperantes, el gobierno español había prohibido la introducción y la fabricación de monedas en las colonias; se penaba severamente traer dinero del Potosí al Río de la Plata y la misma sanción recibía la comercialización de artículos de oro y plata. Todas estas medidas arbitrarias estimulaban el contrabando, única forma de poder dar solución a las necesidades naturales de intercambiar cosas aún para la vida más elemental; así es que en especial en las zonas fronterizas como en Entre Ríos, se desarrolló un abultado comercio prohibido que atendían los ingleses, portugueses y holandeses.

La posición geográfica de Entre Ríos entre las importantes ciudades comerciales de Buenos Aires, Colonia y Montevideo, permitió a nuestros ganaderos tomar una buena ocasión para comerciar sus productos en forma clandestina. En cuanto al valor de lo que la tierra producía por estos pagos de Nogoyá, puede decirse que a mediados del siglo XVIII un toro valía cuatro pesos, un buey tres pesos, una vaca 20 reales, una yegua tres reales, una ternera doce reales, un caballo dos pesos, una mula de dos años dos pesos, una oveja un real; en cuanto al precio de los campos, que se calculaba por leguas, oscilaba de cincuenta a cien pesos cada una.

El comercio local de menudeo vendía leña a cuartos la vara, por reales la sal, harina, tabaco, yerba, azúcar, alcoholes, armas, especialmente cuchillos. Las «pulperías» fueron lugares de carreras, corridas de sortijas, riñas de gallos, cancha de taba y lugar de juegos de naipes; fiestas que duraban varios días en las cuales el «paisanaje» lucía destreza y valor.

En los primeros años del siglo XIX la villa conoció un moderno medio de locomoción de pertenencia del vecino Francisco Candioti: se trataba de una galera de eje de madera dura con sólidas ruedas sin llantas, con caja cerrada por los cuatro lados con ventanillas para aireación; vehículo especial para vadear el arroyo -que no tenía puente- y que se cruzaba por el vado del Nogoyá «abajo».

En 1808 fueron modificadas las autoridades civiles y don Francisco Bergara, comandante de milicias y vecino afincado en dos Cristóbal, fue designado para ocupar el cargo de Alcalde titular del partido de Nogoyá y el vecino de la villa y poblador del pago de Algarrobitos, don Pedro Celís, recibió el nombramiento de alcalde suplente. A estos funcionarios les correspondió lucida actuación en los años de la gesta de Mayo -que dio a los argentinos patria con libertad.

CAPITULO II

A la creación del Virreynato del Río de la Plata en 1776 la Provincia de Entre Ríos contaba con escasa población diseminada en extensos campos casi todos reales, o en enormes feudos particulares cedidos a poderosos terratenientes; las estancias de Nogoyá correspondían a vecinos calificados de S. Fe. La autoridad civil en la provincia estaba representada por un funcionario, «El Alcalde de hermandad» residente en la Bajada, en 1782 se nombró a Santiago Hereñú primer juez pedáneo de Nogoyá. En el orden eclesiástico, la Bajada tenía desde 1730 iglesia con sacerdote mientras que en el resto de la Provincia a la creación del Virreynato que carecían de prelados, tal acontecía en los pagos de Gualeguay, Gualeguaychú y C. del Uruguay. El prolongado conflicto hispano-lusitano originado por la tenencia de la Banda Oriental y la costa Norte del Río de la Plata, -surgido apenas se iniciaron los descubrimientos y los adelantazgos y continuando en forma intermitente por casi tres siglos, tras el tratado de Tordesillas, San Idelfonso y La Paz de Utrech- demostraron a los reyes de España lo difícil de mantener la soberanía sobre la Colonia de Sacramento, Maldonado, Montevideo y las Misiones Orientales. Estas luchas coloniales agravadas por la participación de Inglaterra y Holanda llevaron al ánimo del rey Fernando VI la convicción de reforzar la frontera oriental de Entre Ríos que limitaba la zona disputada, levantando en ella pueblos que fueran defensa de la soberanía, para lo cual se encargó al nuevo Obispo de Buenos Aires don Santiago Malbar y Pinto recientemente designado, que conjuntamente con el virrey don Pedro Ceballos y Cortés dieran forma a esta real idea. En efecto, el Obispo Malbar y Pinto luego de arribar a Montevideo en febrero de 1779 pasó a Entre Ríos, donde visitó las Capillas de Gualeguay, Gualeguaychú, Arroyo de la China, San Antonio (ahora Concordia) y de ahí pasó a Corrientes, La Bajada, Santa Fe y Buenos Aires. En esta visita el prelado pudo ver la desamparada situación de los pobladores, especialmente en lo referente a la tenencia de tierras y predios -que en manos de poderosos terratenientes, no dejaban poseerlas a los modestos habitantes que las necesitaban para sus ganados y sembrados. En este orden de cosas el nuevo Virrey que lo era en 1779 Don José de Vertiz, americano, tan capaz, solucionó la situación de los primeros 40 vecinos de Gualeguay, que temerosos del propietario y comandante del partido don Agustín Wright, le solicitaban seguridad para sus tierras. Tras de asegurar estos derechos, Vertiz comunicó al Obispo Malbar su resolución de fundar la parroquia en Gualeguay, para lo cual designó al Presbítero Andrés Fernando Quiroga y Taboada, español de nacimiento que venía de desempeñar su ministerio como cura párroco en la Capilla Boliviana de Santa Ana en el Alto Perú. Quiroga y Taboada llegó a Gualeguay el 12 de noviembre de 1781. Con toda diligencia y con la colaboración pedida al vecindario reedificó la capilla en el sitio que había elegido el Obispo; no resultó esto de agrado a la población por lo que se produjo reacción popular, vía de hechos, golpes y magulladuras que el Sargento Mayor de Paraná don Juan Broin de Ozuna no atinó a resolver, elevando los antecedentes de la contienda al Gobernador de Santa Fe don Melchor de Echagüe y Andía; este funcionario ordenó al comandante del partido de Gualeguay don Agustín Wright que pusiera paz y elevó los antecedentes de la causa al señor Virrey quien el 27, de febrero de 1782 comisionó al Capitán de Dragones don Tomás de Rocamora tomara a su cargo la solución del pleito de Gualeguay y al mismo tiempo estudiara en forma total los problemas y las necesidades de la región, dándoles forma jurídica y autoridades civiles y eclesiásticas a las villas, a saber: La Bajada de Paraná, Nogoyá, Gualeguay, Gualeguaychú y Arroyo de la China (C. del Uruguay).

Estas villas, que no tenían existencia legal o administrativa, ya eran aglomeraciones de vecinos con sus ranchos, pulperías, carnicerías, etc., es decir pequeños núcleos que con excepción de Nogoyá contaban en esa época con capillitas. La designación de Rocamora fue un acontecimiento acertado y de extraordinaria trascendencia para Entre Ríos; forma parte él, de la lista de los gobernadores españoles, ilustres funcionarios, que dejaron obras de beneficio para la provincia. Entre ellos podemos señalar a: don Juan de Garay, primer poblador e introductor de las especies ganaderas fuente de nuestra riqueza, a Hernadarias, gobernante de origen americano que sometió a los indios charrúas; al gobernador Vera Mujica que pobló las primeras estancias; al sacerdote Arias Montiel que fundó la parroquia de Paraná y su escuela; al veedor del Virrey don Joaquín Barquín explotador de las primeras canteras del Uruguay; al obispo Malbar y Pinto a cuyo aliento se debe la creación de las parroquias de las Villas entrerrianas. Tomás de Rocamora nació en 1740 en Granada, pueblo de Nicaragua, criollo por lo tanto, se trasladó a España donde siguió la carrera de las armas y vino a Buenos Aires con el primer Virrey Ceballos pasando luego a Montevideo con Vertiz, que lo designó comandante de Entre Ríos para beneficio de sus pobladores, actuando allí hasta el año 1806 en que pasó a desempeñar el cargo de gobernador de Misiones; al estallar la revolución de Mayo, le prestó acatamiento y le sirvió con su espada. En 1811 Belgrano lo incorporó a la expedición al Paraguay y en 1812 lo puso al frente del regimiento de infantería de Cívicos Blancos; meses más tarde se retiró del servicio activo falleciendo en Buenos Aires en marzo de 1819.

El pueblo de Entre Ríos esta en deuda de homenaje con Tomás de Rocamora, notable y visionario gobernante virreinal que amó a Entre Ríos, entendió a sus habitantes y propuso soluciones acertadas para sus problemas administrativos, sociales y económicos; agregando a todo esto, el haber sido el primero que en comunicación al Virrey Vertiz designó con el nombre de «El Entre Ríos» a estas regiones que tanto supo comprender. Llegado Rocamora a Gualeguay levantó sumario, estudio el conflicto entre una parte de los vecinos y el padre Quiroga y Taboada, antecedente que llevó a resolución del Virrey Vertiz, el que en marzo de 1782 suspendió a Quiroga y Taboada reemplazándolo por Fray Agustín Rodríguez. Imposibilitado el padre Taboada por esta resolución de poder seguir atendiendo su ministerio en Gualeguay, se traslado en el mes de julio a los pagos de Nogoyá «abajo» con el objeto de construir una capilla que funcionara como vice-parroquia de la de Gualeguay, y en tal sentido, a fines de dicho mes escribió a Rocamora comunicándole haber cumplido con tal cometido y fecho la carta en el «Carmen de Nogoyá». Los fundamentos legales y especialmente eclesiásticos de esta fundación, los había señalado el Obispo Malbar en carta a Quiroga y Taboada el 31 de enero de 1781 cuando le decía: «su curato comprende el Noboya de una a otra banda pero no la Matanza», por ese motivo al asumir el curato de Gualeguay, lo hizo con el titulo de «Cura del Gualeguay Grande y partido de Nogoyá». En este orden de cosas en los primeros días de julio de 1782, el padre Quiroga y Taboada reunió al vecindario del paso de Nogoyá «abajo» y de acuerdo con ellos procedió a edificar la capilla que levantó en el solar que actualmente ocupa la Iglesia de Nogoyá dejando el resto de terreno para cementerio. Por razones localistas los vecinos del pago de Nogoyá «arriba» (El Pueblito) no participaron de la fundación, ellos preferían seguir dependiendo de las autoridades y del cura de la Bajada. El lugar elegido por el Padre Quiroga y Taboada resultó acertado por estar situado en el centro de lo que sería más tarde el partido de Nogoyá y corresponder a terreno con agua cercana, rodeados de espesos montes que proporcionaron maderas para las construcciones y desde el punto de vista geográfico, estaba en el cruce de los caminos de Paraná a Uruguay y sus ramales a Gualeguay y la Matanza.

La cuchilla que eligió el padre Quiroga formaba parte del campo del vecino don Alonso Enrique, lindero de Leandro Duré y Basilio Tolosa. El primero, según la tradición, entregó sin pago alguno materiales para la construcción de la capilla por importe de ciento diez y seis pesos y 4 reales. El Padre Quiroga, hombre de acción y de hacer con sus manos, trabajó como albañil, para levantar la capilla, tallando la imagen de la Virgen del Carmen que todavía ocupa el altar mayor de la iglesia . El gobernador militar de Entre Ríos don Tomás de Rocamora, aprobó complacido esta fundación, nombrando al año siguiente a don Santiago Hereñú juez pedáneo con jurisdicción en todo el partido de Nogoyá.

Con estos acontecimientos podemos considerar a la Villa fundada legalmente, con autoridades eclesiásticas y civiles, iniciando Nogoyá una línea de permanente progreso, afrontando las constantes vicisitudes y luchas que los acontecimientos de la provincia y la Nación le depararon, donde los nogoyaenses tomaron determinaciones claras, acertadas y patrióticas. Al año siguiente, por traslado del padre Taboada, la villa quedó sin sacerdote hasta la llegada de fray Ignacio Sosa, que organizó independientemente de Gualeguay los libros parroquiales; fueron capellanes del Carmen, transitoriamente, los siguientes sacerdotes: Fray Francisco Vilches, José Priego, Angel del Rosario, Pedro Esquiro, Hilario Correa, Bernardo Oroño, Vicente Apari, y Basilio Millán -que permaneció varios años en forma intermitente- Mariano Cruz y José Vicente Añasco. Luego del curato de Fray Sosa, fueron capellanes en 1797 Fray Pedro Ximénez, Antonio Díaz, Pantaleón Robledo, Santiago Loza con quienes se inicia el siglo XIX; siguiéndoles Joaquín Salvadore, Lorenzo Isla, José Teodoro Lima, Antonio Pastor, Gregorio Ramírez, Agustín de los Santos, Manuel de la Torre, Clemente Maradona, Apolinario Guillem, Hermenegildo Bordony y el 9 de abril de 1807 llegó fray Miguel González que permaneció hasta 1815. Estos sacerdotes desempeñaron con fe y altura su misión espiritual y fueron los primeros maestros de la villa, seguramente por cultura y conocimientos también lo fueron médicos, pero sobre todas las cosas, fuentes de consuelo y saber.

En 1793 la villa tiene nuevo juez pedáneo en la persona de don Juan Sola, padre del futuro gobernador don León Sola. En el empadronamiento que se mandó practicar en 1788, seis años después de la creación de la capilla , con el fin de alistar las milicias del partido de Nogoyá, fueron censados 150 vecinos cabeza de familia y 2.000 habitantes más entre adultos y niños. Estas milicias mandadas reclutar por el Marqués Virrey de Loreto y a cargo del comandante militar Tomás de Rocamora, se organizaron en los cinco partidos de Entre Ríos formándose en Nogoyá dos compañías de caballería; la del partido de Nogoyá «abajo» tenía la siguiente oficialidad: capitán Santiago Hereñú, teniente Miguel Godoy, alférez Martín Hereñú, sargento Antonio Aurralde, sargento Roque Caballero, cabos Joaquín Arce, Feliciano Godoy, Tomas Aquino y Basilio Tolosa; tropa, cincuenta soldados de caballería. La compañía del partido de Nogoyá arriba (El Pueblito) tenía por capitán a don Tomas Barreto, teniente Pedro González, alférez Pascual Bergara; sargentos: Juan A. Retamal y Antonio Almeida; cabos: José Ignacio Bogado, Dionisio Moreno, Francisco Páez y Marcos Alcorta; tropa 38 soldados de caballería.

En 1786 el vecino don Juan Antonio García tomó las primeras disposiciones en el sentido que podríamos llamar de gobierno municipal, o mejor dicho edilicias; en tal sentido señaló la manzana para la plaza frente a la iglesia e indicó los rumbos de las calles que partiendo de la plaza marcaban los puntos cardinales. Sobre estas primitivas calles, lentamente se fueron alineando los humildes ranchos de barro crudo y techo de paja donde habitaron los primeros nogoyaenses; el poblado aparecía rodeado de espesos montes apenas cortados por las picadas o caminos que se dirigían a la Bajada, Gualeguay y Uruguay. En 1805 el pueblo se vistió de gala y estuvo de fiesta para recibir y agasajar al obispo de Buenos Aires don Benito de Lue y Riega, que llegó en mayo acompañado de su secretario, el Dr. José Francisco de la Riestra.

En estos primeros años la villa sufrió por falta de autoridades municipales, debido en gran parte al traslado de Rocamora ordenado por el Virrey Loreto, lo que impidió a aquél dar cumplimiento a la disposición del Virrey Vértiz, en el sentido de crear en Nogoyá el cabildo que le correspondía, tal como se había hecho con Gualeguay, Gualeguaychú y Concepción del Uruguay; cabildos que en ese momento y por intermedio del nuevo comandante de Entre Ríos, Don Francisco de Ormaechea, dependían de las autoridades de Buenos Aires. Como resultado de estas circunstancias Nogoyá quedó en situación muy especial, casi diríamos sin autoridad, pues el Virrey Loreto no tomó resolución alguna sobre el pedido de Rocamora y este partido y la bajada siguieron dependiendo, por tradición, del Cabildo de Santa Fe. Tal desorden administrativo trajo numeroso pleitos, propios de las pequeñas villas, donde participaron vecinos principales como don José Francisco Taborda, Justo P. Hereñú, Pascual Bergara, Manuel Bergara, Lorenzo Moreira, Bartolo Godoy, Juan José Martínez y otros más.

En medio de pequeños acontecimientos y sin alternativas se deslizaron los años coloniales de la villa, vida simple y sin complicaciones; los trabajos se reducían a la explotación de la ganadería para la venta de animales en pie destinados a Santa Fe y de mulas que se arreaban al Perú; criándose estos animales en los montes que la rodeaban y de donde se extraía también madera y leña, que en parte transformada en carbón, se vendía en Buenos Aires. La gente era ruda y tosca, muy contados niños aprendían primeras letras y el catecismo bajo la paternal vigilancia de los capellanes que hacían de la iglesia el templo del Señor y la escuela. Nada más gráfico sobre el estado de la villa y sus alrededores que el informe de Rocamora elevado al Marqués de Loreto en abril 3 de 1785 en su segunda actuación como comandante militar de Entre Ríos. Dice Rocamora después de haberse referido al estado en que encontró las villas de Gualeguay, Uruguay y la Bajada: «si expuse a V.E. que el Paraná necesitaba justicia, arreglo y formalización, es más exigente esta necesidad en Nogoyá. En el mismo arroyo arriba, nunca se ha conocido la justicia: sus puntas han sido siempre un asilo de forajidos, porque contigua a Montiel, paraje muy encubierto y con ganados (que manifiesto a V.E. con separación) se comunican con él y burlan cualquier solicitud. En el día se frecuenta con más gauderio el paraje. Como las faenas de Paisandú en que empleaban algunos centenares de hombres y otras, seguro refugio de los malevos, se han disminuido notablemente; y como el Capitán don Félix de Rosales con fuerza y actividad, los campos desde el Uruguay hasta la Laguna todos los charqueadores, todos los contrabandistas, todos los perversos, no pudiendo continuar sin muchos sobresaltos su mal modo de vivir por allí se ven precisados a internarse por los mismos campos a los dominios de los portugueses o a acojerse a los Pueblos Tapes de las riveras del Uruguay, pero no siendo bien admitidos en los extraños, y regularmente mal acogidos entre los naturales, siguen el último recurso que es pasar el Uruguay por los pasos falsos que ellos saben, y se descuelgan por encima de la nueva villa de la Concepción, a buscar como el centro en la parte alta de estos partidos donde encuentran una vida para ellos feliz. Es todo aquel terreno de muchas leguas, generalmente montuoso, pero entre las puntas del Guayquiraró, río que emboca en el Paraná, y los del Mocoretá otro que desagua en el Uruguay, pasa mediando una cuchilla muy espaciosa descubierta, abundante de agua y pastos, (la propuse a la superioridad que reside en V.E. para una sexta población) donde los ganados alzados salen a despejarse de entre el monte y donde los aprovechan como algunos transitantes cuyos cadáveres se encuentran, los fugitivos de Misiones y de otras partes, desertores y otros tales que siempre se han fixado allí y a quienes se han agregado los nuevos huéspedes del día. Cuando sus necesidades le instan, esto es que les falta tabaco, yerba o cuchillo, bajan a la punta del Nogoyá donde a trueque de cueros de tigre y toro, celio y grasa se proveen y se retiran a su guarida o se mantienen allí jugando, fiados en el recurso que les ofrece el monte».

«Acaba de decirme uno de los que frecuentan aquellas espesuras, que la última vez que estuvo por allí, habiendo advertido 22 fogones, le parecía que debería ser mucha gente y siguiendo el rastro fresco alcanzó a ver al pasar de un arroyo, hasta diez mujeres y algunos hombres que él creyó en número, por lo que retrocedió antes que lo sintieran y cortaran». «En fin, Señor Excmo., dígnese V.E. creer que el tal Nogoyá arriba es un territorio indominado y de conciencia libre para toda maldad. El amancebamiento allí se extiende a común, sin que se reserve mucho parentesco. El hurto es su comer; las puñaladas son frecuentes y no raro los homicidios. En el poco tiempo que hace estoy en esta capilla, sé positivamente que un hombre dio a su mujer dormida tres puñaladas porque ausente él iba con otro. Hubo queja al comisionado, dio por bueno el hecho y el agresor allí se anda. Fueron al monte algunos, volvieron sin él un compañero, y dexeron que se había estrellado en un tronco; pudo ser muy bien pero ni se aprehendieron ellos, ni se buscó el cadáver para asegurarse del hecho; últimamente acaban de matar a dos hombres, sin que ninguno de estos casos, que yo sé por públicas, haya dado aviso aquel buen comisionado. Este es un rasgo del territorio que trato; para su mayor desorden poco antes que yo llegara, separó Ormaechea al Nogoyá del Paraná con quien siempre estuvo en unión. Separación intempestiva que no debió haberse efectuado hasta que se formalizara su población. Al fin, la dependencia del Paraná, les daba, aunque no muchas alguna sujeción; hoy viven sin ella...». Como se lee, la situación de nuestro Nogoyá, costumbres y estado dejaban mucho que desear.

Sin mayores sobresaltos sigue la apacible vida colonial con la quietud fecunda de la semilla que espera la hora propicia para eclosionar en magnífico futuro. Letargo apenas movido por noticias de la metrópoli, que agitaba la tormenta de la revolución francesa y sus guerras contra los reyes en el vasto campo de Europa, sembrando revoluciones que se concretaron en la declaración de los derechos del hombre, con impulso tal, que tambalearon los tronos y los privilegios. La aparición deslumbrante de Napoleón, unciendo Europa a su corcel de guerra complicó la situación dinástica de España que se colocó contra Inglaterra; motivo por el cual se producen las invasiones inglesas del Río de la Plata, acontecimiento que trueca el rumbo de la colonia y de los criollos al dar a éstos la posibilidad de medir sus fuerzas y adquirir noción de soberano valer. Algunas milicias de Entre Ríos, especialmente el regimiento Urbano de C. del Uruguay completado con soldados del interior de la Provincia, algunos de Nogoyá, marcharon a la plaza de Montevideo a reforzar las fuerzas locales que se aprestaban a rechazar la segunda invasión inglesa. Los jefes fueron: capitán Juan Vilches, comandante Josef de Urquiza (padre del general don Justo José), teniente Ramón Piña y sargento Juan Antonio Centurión. Se conserva el nombre de algunos de estos gloriosos soldados nogoyaenses que junto a los hermanos del virreinato lucharon contra los ingleses. Son ellos: Josef Correa de 30 años, casado; Lucio Barrios de 32 años, soltero; Dionisio Moreira de 27 años, casado; Romualdo Escudero de 24 años, soltero; Miguel Gerónimo Nuñez de 24 años, soltero; Manuel Moreno de 30 años, casado y Policarpo Ramírez de 34 años, soltero.

Aunque resulte difícil afirmarlo dentro de la posibilidad de documentarse, parece que por el año 1803 se modificó la sencilla capilla o se edificó una nueva casa para la Virgen del Carmen. Tal consigna el Prof. Segura en su libro «Historia de la Virgen del Carmen de Nogoyá». En cuanto al comercio y la industria en la época española de Nogoyá poco se puede decir. Villa Central, sin ríos navegables ni caminos, rodeada de selvas, formando apenas una minúscula parte del virreinato que por aberración de la época y de las ideas imperantes en los círculos oficiales de España, estaba sometida a un estatismo simple, determinante del monopolio real que coartaba toda iniciativa privada y por lo tanto haciendo languidecer el comercio y las finanzas. El intercambio exterior se formaba por la exportación de cueros, cerdas y cebo, productos que podían resistir los inconvenientes de la navegación sin frigorífico.

Como ejemplo característico de las ideas imperantes, el gobierno español había prohibido la introducción y la fabricación de monedas en las colonias; se penaba severamente traer dinero del Potosí al Río de la Plata y la misma sanción recibía la comercialización de artículos de oro y plata. Todas estas medidas arbitrarias estimulaban el contrabando, única forma de poder dar solución a las necesidades naturales de intercambiar cosas aún para la vida más elemental; así es que en especial en las zonas fronterizas como en Entre Ríos, se desarrolló un abultado comercio prohibido que atendían los ingleses, portugueses y holandeses.

La posición geográfica de Entre Ríos entre las importantes ciudades comerciales de Buenos Aires, Colonia y Montevideo, permitió a nuestros ganaderos tomar una buena ocasión para comerciar sus productos en forma clandestina. En cuanto al valor de lo que la tierra producía por estos pagos de Nogoyá, puede decirse que a mediados del siglo XVIII un toro valía cuatro pesos, un buey tres pesos, una vaca 20 reales, una yegua tres reales, una ternera doce reales, un caballo dos pesos, una mula de dos años dos pesos, una oveja un real; en cuanto al precio de los campos, que se calculaba por leguas, oscilaba de cincuenta a cien pesos cada una.

El comercio local de menudeo vendía leña a cuartos la vara, por reales la sal, harina, tabaco, yerba, azúcar, alcoholes, armas, especialmente cuchillos. Las «pulperías» fueron lugares de carreras, corridas de sortijas, riñas de gallos, cancha de taba y lugar de juegos de naipes; fiestas que duraban varios días en las cuales el «paisanaje» lucía destreza y valor.

En los primeros años del siglo XIX la villa conoció un moderno medio de locomoción de pertenencia del vecino Francisco Candioti: se trataba de una galera de eje de madera dura con sólidas ruedas sin llantas, con caja cerrada por los cuatro lados con ventanillas para aireación; vehículo especial para vadear el arroyo -que no tenía puente- y que se cruzaba por el vado del Nogoyá «abajo».

En 1808 fueron modificadas las autoridades civiles y don Francisco Bergara, comandante de milicias y vecino afincado en dos Cristóbal, fue designado para ocupar el cargo de Alcalde titular del partido de Nogoyá y el vecino de la villa y poblador del pago de Algarrobitos, don Pedro Celís, recibió el nombramiento de alcalde suplente. A estos funcionarios les correspondió lucida actuación en los años de la gesta de Mayo -que dio a los argentinos patria con libertad.

CAPITULO IV

A fines de 1820, desavenencias surgidas entre las Provincias de Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba, fueron solucionadas por el tratado de Benegas sin la intervención del Supremo Entrerriano que, enterado de otros pormenores, entendió se estaba gestando una confabulación para terminar con el poder en el Litoral; por lo cual, luego de protestar infructuosamente ante Estanislao López y el gobernador de Buenos Aires Marcos Balcarce, comprendió que sólo las armas podrían dirimir el pleito. Movilizó a sus fieles de Entre Ríos y pasó el Paraná, pero fue vencido por López auxiliado por los «porteños» de Lamadrid, quienes lo obligaron a separarse de Carrera y correrse sobre Córdoba en persecución de Bustos. Se extinguieron los resplandores de su estrella y el funesto 10 de julio, tomado desprevenido sobre el río Seco en romántico episodio en compañía de la Delfina, fue ultimado de un balazo en la garganta; 15 días después su hermosa cabeza embalsamada y colocada en una jaula de hierro adornaba, sangriento trofeo, -signo de la época- los balcones del Cabildo de Santa Fe; tal lo ordenado por López.

Desaparecido el poder aglutinante del Supremo, siguiendo la corriente de disolución que designa esta época como de aislamiento provincial, Entre Ríos recuperó su autonomía pero por largos años vivió bajo el ojo vigilante del Patriarca de la Federación, Estanislao López; quien, después de repudiar a Ricardo López Jordán (padre) impuso de gobernador al coronel porteño Lucio Mansilla. En diciembre de 1821 Mansilla convocó el primer congreso Constituyente de Entre Ríos, que lo confirmó como Gobernador y dictó el Estatuto Provisorio Constitucional, primera Constitución de la Provincia, lo que da término a la etapa inorgánica de su formación. En este Congreso, Nogoyá estuvo dignamente representado por el diputado don Juan Francisco Taborda, elegido por ese vecindario en comicios celebrados en la Capilla el día 4 de noviembre; llegó a ser en el Congreso vice presidente y presidente interino. Firmado el tratado del Cuadrilátero, soberana manifestación del genio político de Rivadavia, ministro de Martín Rodríguez, Mansilla rechazó varias invasiones de López Jordán, quien desde el estado Oriental lo tenía en defensa permanente; terminado su mandato el 13 de diciembre de 1824, el Congreso eligió para sucederlo a nuestro insigne coterráneo don Juan León Sola. Este ilustre hijo de Nogoyá -sobre cuya memoria ha caído el olvido de sus paisanos que dejan reposar sus restos en el cementerio de Paisandú, lejos del pago natal-, merece ser conocido por sus comprovincianos que lo ignoran. Sola nació en el Distrito Don Cristóbal el 11 de abril de 1787 hijo de Juan Sola español y de María Retamar, criolla emparentada con el ilustre Fray Reginaldo. Belgrano, de paso para el Paraguay lo enroló en sus tropas y en 1812 está en el sitio de Montevideo. Acompañando a Eusebio Hereñú en lucha contra los porteños, es ascendido a coronel en la batalla del Sauce. Con Mansilla a las órdenes de Ramírez, luchó contra Artigas; desaparecido éste, formó parte del elenco oficial del gobernador Mansilla y en tal carácter, fue comandante militar de Nogoyá luchando en las invasiones de Pedro Espiro, Hereñú y López Jordán. Con estos méritos es gobernador delegado de Mansilla y titular al termino del mandato de aquél en que asume el gobierno teniendo por ministro al sanjuanino Domingo de Oro. Realizó una obra de gobierno eficaz y tolerante, amnistiando a todos los emigrados políticos que así pudieron regresar a la provincia; entre ellos a López Jordán, a quien designó comandante del Uruguay.

Estableció el régimen de moneda relacionado con el Banco Nacional, dictó leyes sobre conventos, clero secular, importantes medidas sobre asistencia médica, curanderismo y reglamentación profiláctica para luchar contra la tuberculosis y la lepra. La instrucción pública fue estimulada; creó en los Departamentos escuelas con edificios propios donde se prohibieron los castigos corporales y mandó a Buenos Aires alumnos becados para estudiar comercio y agricultura. Fomentó la obra pública especialmente en Paraná, construyendo templos y avenidas y en Uruguay donde se terminó el puerto. Ordenó un censo a cargo de Enrique Núñez, que ha desaparecido de los archivos. Sola cooperó activamente con Lavalleja en la preparación de la celebre expedición de los 33 Orientales, que el 19 de abril de 1825 desembarcó en la costa de la Agraciada para liberar el Estado Oriental de la ocupación portuguesa. Lavalleja permaneció algún tiempo en Nogoyá reuniendo los elementos para llevar a cabo esta empresa libertadora, que al tener éxito, determinó la incorporación del Estado Oriental a la Argentina, motivo de la guerra que el Emperador del Brasil declaró a las Provincias Unidas el 30 de octubre de 1825.

Sola y el pueblo de Entre Ríos cooperaron con entusiasmo en esta emergencia defendiendo la costa del Uruguay y poniendo tropas a las órdenes del gobierno nacional.

El año 1825 trajo esperanzas para los pueblos que anhelaban la organización Constitucional que les diera gobierno, paz y libertad. El Congreso Nacional que convocó Martín Rodríguez fue instalado por el gobernador Las Heras el 9 de mayo. Después de largos meses de estudio, el núcleo de los argentinos más ilustres que imaginarse pueda, presionados por los acontecimientos internacionales que nos llevaron a la guerra con el Brasil y queriendo dar unidad, designaron presidente de las Provincias del Río de la Plata al «más grande héroe civil de los argentinos», Bernardino Rivadavia, y el 24 de diciembre de 1826, sancionaron la Constitución Nacional (conocida en la historia como la del año 26). Esta obra maestra -que en realidad no era unitaria y sí de centralismo bien atenuado, tanto que aplicada en esos años en Chile allí se la consideró federal, fue rechazada por los jefes locales que sin consultar a los pueblos de las provincias, se arrogaban su representación. Notable excepción la de Sola, que como gobernador recurrió al pueblo de la provincia para que en comicios locales se expidiera sobre la Constitución. Los gobernadores vetaron dicha carta por ser unitaria, pero en realidad, escondían tras esa uniforme resolución, el deseo de no tener sobre ellos un gobierno central que los encausara, sin contar otros motivos menos confesables como explotación de minas, emisión de moneda, negociados de tierras, etc. Tal procedieron Facundo Quiroga, Juan B. Bustos, Estanislao López, Juan Felipe Ibarra y otros señores feudales disfrazados de federales. El rechazo de la Constitución y dificultades en el tratado de paz con el Brasil, determinaron la renuncia de Rivadavia y la disolución del congreso a mediados de 1827. El país sin gobierno engendró la Anarquía y la tiranía de Rosas que luego la aurora de Caseros, insumió diez años más para organizar la Nación. Treinta años perdidos para el progreso y el bienestar del pueblo, acontecimiento desgraciado que seguramente todavía origina males nacionales.

Sola terminó el mandato el 30 de diciembre de 1825 y la legislatura eligió para sucederlo a López Jordán; desconocida su autoridad, la provincia fue intervenida por el presidente Rivadavia que nombró comisionado a don Manuel Estrada, siendo ésta la primera intervención nacional a Entre Ríos. Las gestiones del comisionado dieron por resultado la elección para gobernador en abril de 1826, del nogoyaense comandante Vicente Zapata. Nacido en 1786 en estos pagos, en los capítulos anteriores he citado la acción del comandante Zapata en la gesta de Mayo y en las luchas en que acompañó a Hereñú, Artigas, Ramírez y Sola; del gobierno de este último tomó parte siendo comandante de Nogoyá y de sus milicias. El doctor Francisco Alvarez fue ministro general, encarando el gobernador Zapata con decisión y entusiasmo la participación de Entre Ríos en la guerra con el Brasil, para cuyo fin reunido con los gobernadores de Corrientes, Misiones y la Banda Oriental coordinó medidas y organizó más de 500 milicianos de caballería que concentró en Nogoyá con destino a la guerra. El 2 de marzo de 1827 entregó el bastón de mando al sucesor don Mario García Zuñiga; éste gobernó con don José María Echandía como ministro, hasta fines de año en que renunció, pasando el mando a Zapata que al poco tiempo lo entregó a Sola designado gobernador por un periodo completo.

La anarquía que determinó la renuncia de Rivadavia y la implantación en Buenos Aires del gobierno federal del coronel Dorrego, repercutió ampliamente en Entre Ríos, donde León Sola debió hacer frente a varias revoluciones e invasiones que le llevaron, por una parte, López Jordán y los hermanos Urquiza desde el Uruguay y por la otra el coronel Juan Santa María en Paraná el 24 de junio de 1828. Esta oposición lo obligó a buscar apoyo en sus nogoyaenses, quienes reunidos con las milicias de los partidos vecinos, más de 1500 hombres, promovieron tal desorden en la villa que obligaron a la población a huir al monte llena de pavor al verse acometida por tantos facinerosos. Repuesto Sola en el gobierno terminó el período; siguen luego interinatos en que participan más de 20 jefes y comandantes, gobernando Pablo Barrenechea, Tomas Cáceres, Juan Santamaría, Pedro P. Seguí etc. hasta que Sola es designado por tercera vez gobernador para el binomio 1830-31. Para comprender la falta de gobierno estable que azota la provincia, no podemos olvidar que en Buenos Aires el «aciago» diciembre de 1828, había traído con Lavalle y la revolución unitaria, la caída del gobernador Dorrego -fusilado en Navarro- hecho que sumergió al país en un mar de sangre; ¡negra y larga noche de las libertades argentinas!. Los jefes «federales» con el aparente propósito de vengar la muerte de Dorrego -uno de los pocos federales auténticos, de ideología liberal, bebida en la fuente pura de la democracia norteamericana durante su permanencia exilado en dicho país- se alinearon tras el comandante de la campaña de Buenos Aires don Juan Manuel de Rosas quien, dos años más tarde, ocupo el gobierno de la primer provincia argentina.

En noviembre de 1830 los unitarios refugiados en Montevideo para huir de la Mazorca Rosista, alentaron y ayudaron al eterno pretendiente al gobierno de Entre Ríos, sobre el cual pesaba el signo fatal que también acompaño a su hijo; me refiero a Ricardo López Jordán (padre) que invadió de nuevo la provincia, ahora acompañado de Pedro Espino, Felipe Rodríguez, Eduardo Villagra, Miguel Acevedo y los hermanos Cipriano y el futuro gran Justo José de Urquiza, Sola se refugió en Santa Fe mientras el comandante Barenechea y el mismo Pedro Espino derrotaban a los jordanistas reponiendo a Sola. Tres meses más tarde, atacaron nuevamente con el concurso de Juan Lavalle, pero fueron rechazados. Con estos aciagos acontecimientos terminó el año 1830, tan pródigo de agoreras realidades.

Veamos lo sucedido en la Villa durante estos años. Su adelantar vegetativo cimentaba el futuro. Digamos por parte: La autoridad política la representaron los comandantes Vicente Zapata, José Albarenque y Antúnez, Justo Mansilla, Ramón Ascúa y para fines de 1830 el capitán Francisco Amarillo.

El 1º de agosto de 1828 fueron fusilados en la plaza de Nogoyá por orden del gobernador Sola, los comandantes Juan Santa María y Tomas Cáceres; ambos habían dirigido una revuelta en Paraná contra el Gobernador que así liquidó a sus enemigos. Fueron ejecutados frente a la Policía, a las 11 horas de dicho día y el P. Leonardo Acevedo les administro el sacramento de la penitencia y de la eucaristía.

Los legisladores en estos años fueron como ya he dicho don Juan F. Taborda, miembro del Congreso que elaboró el Estatuto Provincial de Mansilla; en 1823 lo reemplazó el diputado Juan José Fernández. Este en 1826 es sustituido por don Miguel Romero, quien así forma parte de la legislatura presidida por Don Justo que debuta en la vida pública como diputado por C. del Uruguay. Romero, en repetidas oportunidades presidió la legislatura, pero le tocó desempeñarse en época difícil de traiciones y celadas, cayó en desgracia y en reunión del Congreso el 11 de junio de 1829 fue separado de la banca por «haber faltado a las leyes».

Lentamente pero con firmeza. La Villa sigue tomando importancia. Se designan nuevos funcionarios, tales como Don Luciano Godoy -síndico y administrador de Rentas- al que reemplazó Ricardo J. Cardoso, que fue el encargado del primer correo de Nogoyá creado en 1823; se recibía la correspondencia por la carrera de postas que una vez a la semana pasaba de Paraná a Uruguay y viceversa.

Algunas palabras sobre la historia del correo de Nogoyá.

Casi terminada la impresión del libro y después de prolongada pesquisa he dado con algunos datos sobre el Correo de postas de Nogoyá, en la época colonial y primeros días de Mayo.

En 1801 se inauguró el servicio de postas que unía la Colonia Oriental con C. del Uruguay y Gualeguay. Fue el primer correo de Entre Ríos. Los servicios se efectuaban cada quince días. El primer viaje se realizó el 2 de mayo de 1801. En los años siguientes los vecinos de los pagos de Gualeguay, Nogoyá y de la Bajada pidieron en repetidas oportunidades a los Administradores del correo de Buenos Aires, señores Manuel de Basavilbaso y Félix de la Rosa, se prolongara el recorrido de las postas para llegar a Paraná, desde Gualeguay pasando por Nogoyá. Entre estos pedidos figura la siguiente carta remitida por vecinos de Nogoyá al Virrey Liniers a mediados de 1808. La nota dice así: Excmo.. Señor: don Domingo Gonzalez, don Eloy Gonzalez, don José Tuchan, don Bernardo López, don Isidro Martínez, don Franco Aritmendi, don Juan Barrenechea, y don Manuel Gómez de Celis, vecinos del Pueblo de Nuestra Señora del Carmen de Noboyá, Jurisdicción de la ciudad de Santa Fe, ante V.E. Dicen: y en una larga nota piden la extensión de las postas desde Gualeguay. Recién el 24 de Septiembre de 1810, durante el Gobierno de la Primera Junta, el Administrador de Correos D. Melchor de Albin, accedió a lo pedido, estableciendo una carrera de postas desde Gualeguay a Paraná pasando por Nogoyá y nombrando a Don Eloy Camino, con la asignación de 15% sobre lo recaudado, encargado de la posta de la Capilla de Noboyá. En setiembre 15 de 1812 reemplazó a Camino don Mariano Aulestia, a la posta lindante de la costa del Novoyá la atendían Miguel Gómez de Celis y Vicente Segovia. Don Luciano Godoy sustituyó más tarde a estos funcionarios.

Nota: En el libro original esta parte del correo figuraba como agregado después de la última página.

En 1827, Juan José Fernández atiende el correo. En 1826 se organizan las fiestas policiales de los departamentos. A Nogoyá se asignan un cabo y cinco soldados. En estos años difíciles y de vida estrecha las manifestaciones espirituales se anotan en la crónica de la capilla. El Gobernador Mansilla regaló a la Parroquia de la Virgen del Carmen varios ornamentos, casullas, capa de oro, misal, etc. y en retribución, la iglesia en uno de los tantos apuros del gobierno le prestó a Mansilla $ 153.- firmando el recibo el administrador Cardoso, siendo transportado el dinero a Paraná por el comandante Cornelio Ordinarrain. En 1825 los fieles de Nogoyá ayudaron a Sola con otra remesa de $ 168. El gobernador Echagüe reintegró estas deudas en el año 1835. Durante esta década fueron capellanes fray Juan Rosas Escobar continuando este ministerio el P. José Leonardo Acevedo, de quien me ocuparé en el próximo capitulo.

Referente a transacciones y negocios: el gobernador Sola fijó en 1827 el precio de $ 100 la legua cuadrada de los campos fiscales en la costa del Nogoyá; en el comercio de cueros, cerda, cebo y animales en pie sobresalían los vecinos Cristóbal Bravo, Cirilo Almeida, Juan Martínez, Juan Gimenez, Telesforo Gómez, Pedro Salas, Víctor Iparraguirre, Ramón Ascua, Francisco Merlo, Isidro Aquino, Alejandro Vieyra, Vicente del Valle, Francisco Candioti, Pantaleón Cabrera, Pedro Romero, etc.

En este decenio, Nogoyá recibió los beneficios de la escuela, tan necesitada como fuente de civilización y progreso, atendida hasta entonces por los buenos capellanes en la «Casa de la Virgen» y por el maestro Josef Silva. El 17 de septiembre de 1822 el alcalde Nasario Salas notificó al gobernador Mansilla que la casa de la escuela estaba terminada y propone para maestro a Joséf J. Birues, negro boliviano según algunos, portugués, según otros, con experiencia de algunos años como maestro particular. Poco tiempo desempeño Birues el cargo y para desahogar sus cuitas le escribió al gobernador Mansilla la siguiente carta que transcribo literalmente:

Señor Gobernador:

Después de saludar a Vª con todo el devido respecto Qé merece, y devo, paso a comunicarle como ahora como mesmo 30, de junio, dise no haber dado yo el devido cumpinto, en lo tocante ami ministerio y en ello digo que no ha ciso omición mia porque jamas he sabido de semejante circular del 18, nombrado, por no havermeló comunicado el que gobierna y esta encargado sobre mi ministerio qe sinduda sera el Sr. Ale. el mesmo que podria en persona venir alá escuela, y acompañado de algun sujeto practico pa el efecto como losabia hacer el señor Cura anteriormente i tomandoles exsamen los confesara en comunidad varias ocasiones lo cual ahora ya no lo hacen, y se an descuidado demasiadamente y lejos de fomentarme la escuela y atraerme niños lo han dejado hir con la Cartillas catones y chastecismo y aun con el pre del maestro, que es un dolor¡ porqe los niños pagos son pocos

Es tod Quanto deve molestarle este su seguro subdito Q.M. y P.B.

Jph. Joaquin Biruez

Villa de Nogá y junio 30 de 1823.

A fines de 1824 Birués es declarado cesante «por ineptitud y abandono», reemplazándolo Dionisio Montenegro que no fue mejor, pues desapareció de la Villa dejando a los alumnos abandonados; continuando como interino don Lucio Godoy hasta el 31 de mayo de 1825 en que el gobernador Sola ordenó por decreto, que el comandante de Nogoyá pusiera en posesión de la escuela pública al maestro Francisco D. Toro. En estos años la capilla protegió al futuro general Urquiza; como he detallado en paginas anteriores, formaba parte de las fuerzas unitarias que con López Jordán (p.) excursionaban contra Entre Ríos desde la Banda Oriental. Los hermanos Justo y Cipriano José de Urquiza fueron vencidos por el comandante Barrenechea en las puntas del Clé y el capitán Galarza persiguió tenazmente a don Justo, que en alas de buen pingo tomo rumbo a Nogoyá, penetrando en el rancherío al caer la noche y vestido de paisano. Pidió al padre José Leonardo Acevedo que lo ocultara en la Iglesia, quedando bajo la protección de la Virgen del Carmen; situación que aun en esos bárbaros tiempos era respetada e inviolable, salvándose así esta vida preciosa, más tarde al servicio de la libertad. Descansando algunos días, Urquiza acompañado del padre Acevedo pasó a Santa Fe, donde conferenció en varias oportunidades con Estanislao López, regresando luego con marcadas simpatías por el credo federal que auspició en el inmediato gobierno de Echagüe. En esta misma campaña, López Jordán, luego de estar en Paraná por pocos días tras la fuga del gobernador Sola, fue a su vez perseguido por Barrenechea; con miras a hacerle frente reunió con los amigos de Nogoyá unos 300 milicianos, pero el comandante Hilarión Campos -caudillo de prestigio en Victoria- lo atacó con fuerzas santafecinas en un lugar tres leguas al Este de la Villa sobre el arroyo Sauce, en campos de Simeón Ascúa y lo derrotó el 13 de noviembre de 1830. Es éste el primer combate que se desarrolló en suelo nogoyaense; desgraciadamente se trataba de hermanos argentinos a quienes cegaba el signo fatal de la raza - la fuerza - donde debía reinar el derecho y la ley con justicia y libertad.

CAPITULO V

Se inicia el año 1831, dictando la legislatura el presupuesto para militares y civiles, donde como curiosidad, quiero señalar que el gobernador tenía un sueldo anual de $ 3.000 y los ministros 800 anuales. Se regulariza el servicio de correo entre Paraná y Uruguay con 15 postas; en esa carrera el estado pagaba a razón de cuartillo por legua. Se fijan derechos aduaneros de exportación donde solo se citan cueros de vaca, bagual y tigre; lana y cerda, cebo, jabón negro, suelas curtidas, puntas de aspas, cueros de nutrias, cal, postes y maderas; éstos son los artículos que producía la provincia, además de animales en pie: vacas, mulas, caballos y baguales. Se importaba a su vez los siguientes elementos: azúcar, calzado, ropa, tabaco, aguardiente, vino, yerba, harina de trigo.

En lo político, continua la anarquía; los comandantes militares juegan a estadistas; así Sola, Espino, López Jordán, Barrenechea, Vera, Zapata y otros más. El cuerpo político encuentra al fin equilibrio en la tutoría de Estanislao López con su sagaz asociado Juan M. Rosas y el 22 de febrero de 1832 es designado gobernador Pascual Echagüe, coronel santafecino que tiene como ministros a Toribio Ortíz y Evaristo Carriego. Unificada (de ficción) la Nación a lo federal tras el boleo de Paz, todo es rojo en la provincia; la bandera con franjas coloradas, facultades extraordinarias que destilan roja sangre; pero es de estricta justicia reconocer que Echagüe, hombre manso y culto -había estudiado letras en Córdoba y regenteado cátedras en su provincia- realizó un gobierno progresista, ordenando sin desplantes de mandón. A su consejo se reformó el régimen electoral del Estatuto de Mansilla estableciéndose que los legisladores serían nueve y elegidos en Nogoyá; honor que mereció la Villa por su centralidad en la provincia. Por decreto del Poder Ejecutivo se fundaron las villas de La Paz y Diamante en 1835.

El liberalismo, en lucha contra el despotismo centralista de los porteños, donde Rosas no era más que el mandante, se nuclea en el litoral en torno a Entre Ríos que es clave en la guerra, defendiéndose por el norte del empuje libertario siempre renovado en Corrientes y por el este de los asaltos unitarios de los exilados en Montevideo, allí palpitó lo auténtico argentino sostenido por el brazo y el corazón de Lavalle, Florencio Varela, Valentín Alsina, Agüero, Gallardo, Peña, Paz, Lamadrid, Martín Rodríguez, Iriarte, Olazabal., Necochea, Mitre, el señor de Rivadavia, Fidel López, Domínguez, Leiva, Agrelo, Cané, Pedro Aquino.... todo el historial de la patria forjando murallas contra el despotismo.

El gobernador Echagüe en esta lucha fue vencedor en Pago Largo y Arroyo Grande; Lavalle lo venció en Don Cristóbal (10 de abril de 1840); Rivera en Caagancha (29 de diciembre de 1839) y Paz lo vence en Caaguazú (28 de noviembre de 1841). Estos descalabros militares desprestigiaron al gobernador, que en alas del célebre «malacara» huyo hacia sus tierras santafecinas. El entrerriano de más prestigio, valiente y militar de fama en esos momentos difíciles lo era Urquiza, y a él recurrió la Legislatura el 15 de diciembre de 1841 nombrándolo gobernador de Entre Ríos en momentos solemnes, plenos de intrigas que requeríale poder del héroe que no defraudó jamás a sus paisanos.

Pasemos a referir los acontecimientos en Nogoyá durante el decenio. Como homenaje a D. Juan León Sola, vecino de la ciudad que, como he referido, fue 3 veces gobernador de la provincia, quiero decir unas pocas cosas referente a su persona, luego de abandonar el gobierno. Poco tiempo después se trasladó a Buenos Aires, de donde regresó en 1833 para atender los intereses ganaderos que poseía en campos del Pueblito y Diamante por costa del Doll. Hombre respetado por las autoridades y vecinos pudo permanecer algunos años tranquilo; tiempo más tarde Rosas pidió al gobernador Echagüe que le confiscara campos y ganados por «salvaje unitario». Debió refugiarse en el estado Oriental, donde enfermó y pobre falleció en Paysandú el 2 de noviembre de 1841, en cuyo cementerio y en modesta sepultura descansan sus restos. El pueblo de Nogoyá para demostrar que ha reencontrado la tradición, debe hacer que sus despojos se reintegren al terruño natal.

El otro nogoyaense distinguido de la época, D. Vicente Zapata, -tantos años mandatario de la provincia- tuvo mejor suerte. Hombre reposado y sin enemigos, gozando de la confianza de Echagüe, a quien en numerosas oportunidades reemplazó como gobernador delegado en los 9 años de gobierno de aquél. Fue jefe militar de importancia en el combate de Yeruá contra la Invasión Libertadora de Lavalle (22 de noviembre de 1839).

En los años siguientes fue hombre de consejo para el gobernador Urquiza de quien tuvo el honor de ser Delegado. En 1843 se retiró a la vida privada falleciendo el 1º de Mayo de 1858 en Diamante, donde reposan sus restos.

Nogoyaense ilustre, gobernador por muchos años, olvidado por las generaciones del presente.

Sigamos con lo referente a la Villa. El 5 de marzo de 1831 tiene lugar el pequeño combate de la Laguna de los Troncos. Como dije en el capitulo anterior, luego de la batalla del Sauce, López Jordán se rehizo en el estado Oriental con el concurso de Lavalle y Rivera, atravesó la provincia y vino a dar con Barrenechea que nuevamente lo esperaba cerca de Nogoyá. En efecto, el encuentro tuvo lugar en el hermoso paraje del campo del señor Gustavo Cardoso conocido por Laguna de los Troncos, lugar actual de paseos tan conocido por los veraneantes amigos del pic-nic. La suerte le fue adversa y debió López Jordán refugiarse en el Uruguay hasta 1839 en que al conjuro de Lavalle al frente de la cruzada libertadora, lo siguió con poca suerte. En las costas del Mocoretá cayó prisionero de una partida federal que lo remitió a Buenos Aires, donde Rosas lo retuvo encarcelado por varios años. Ricardo López Jordán, su hijo, oficial distinguido al servicio de Urquiza, pasó a la capital federal portador del parte de la batalla de Arroyo Grande donde Oribe destrozó a Rivera, fausto acontecimiento para Rosas. Así halagado, indultó al prisionero que en compañía del hijo regresó a su tierra de C. del Uruguay.

En el último año de esta década, en los campos de Don Cristóbal, tiene lugar la batalla del mismo nombre en la cual Lavalle al frente de la expedición Libertadora que había triunfado en Yeruá , venció al gobernador Echagüe. En rumbo a Punta Gorda para pasar a Buenos Aires en demanda de Rosas, Lavalle dio con las fuerzas federales de Echagüe con 4.000 soldados apoyados en las altas barrancas del Don Cristóbal, en un sitio como a 45 kilómetros al noroeste de la ciudad cerca de la actual Estación Aranguren. Los coroneles unitarios Vega, Salvadores, Díaz y Chilavert secundaban a Lavalle y los comandantes federales Ramírez Thorne, Garzón, Lavalleja y Servando Gómez, seguían a Echagüe. El encuentro bravío y a lanza «seca» duró todo el día 10 de abril de 1840; matanza maldita entre hermanos argentinos, el triunfo fue del héroe de Río Bamba, Juan Galo Lavalle, que alentado y entusiasmado por la victoria escribió desde Nogoyá a su esposa Dolores Correa estas emotivas palabras: «Hemos vencido mi Dolores, el ejercito peleó ayer lanza en mano contra las 3 armas del enemigo, superior en número y en posición favorable. Mi corazón esta lleno de gratitud para estos bravos que me profesan un afecto sincero.... Son tus dignos rivales en mi corazón» . Tras el indefinido encuentro de Sauce Grande, por Punta Gorda pasó Lavalle para seguir sobre Buenos Aires; larga cadena de fracasos aprisionaron al «mejor sable de San Martín» terminando ellos al año siguiente en Jujuy en casa del Dr. Bedoya, donde una bala perdida destrozó el cuello del rubio granadero de los Andes.

Pasemos al relato local. En junio de 1833 se gastaron $ 100 en refaccionar el frente de la iglesia y al año siguiente trabajó un maestro catalán en reparar el campanario de la capilla, que continúa a cargo del P. Leonardo Acevedo, a quien en varias oportunidades sustituye el Padre Francisco Morel.

Por reforma electoral de 1835, los diputados se designaron en reunión de electores y sin tener representación por departamento. Juan Ramón Fernández, Vicente Zapata (1837) y el Padre J. Leonardo Acevedo; vecinos locales son los legisladores de estos años.

A mediados de 1835 se dictó el reglamento general de Policía y en él se creo el puesto de «Alcalde de Hermandad», funcionario policial con tareas municipales, (calles, limpieza, higiene, etc.) funciones muy necesarias en villas como la nuestra que no tenían cabildo. Fue alcalde de Hermandad D. Juan Cruz Romero. Al final de la década por decreto de Echagüe se designó Juez de Paz a Felipe Otaño, vecino caracterizado y fundador de una familia de larga y meritoria acción en la provincia. Alcaldes de ciudad, a Camilo Fernández, de linaje bien nogoyaense y servidor de la cosa pública; y a D. Feliciano Vivanco de los Vivanco porteños, que venido a Victoria con sus hermanos Juan y el médico Joaquín, fueron origen de calificadas familias representantes típicos de las virtudes criollas.

Alcalde de la campaña fueron: Ciriaco Chavarría, en Algarrobitos; Leandro Cabrera en Montoya; Justino Retamal en Chiqueros; Teodoro Ayala en don Cristobal; Pedro Romero en Crucesitas y Justo Ortíz en Sauce. Se observa que el elenco de funcionarios comienza a tomar cuerpo, fenómeno de crecimiento que nadie podría detener.

Comandantes militares fueron: Vicente Zapata y Justo Hereñú.

La escuela oficial estuvo a cargo de los maestros Pablo Treles y Camilo Víctor Soto.

Las fuerzas de la instrucción pública, tan débiles en la época que relatamos, recibieron a mediados de 1840 considerable refuerzo al abrir las puertas la escuela particular de doña Victoriana Alvarez de Segovia, incansable maestra con auténtica vocación, venida de Santa Fe. Por numerosos años los niños pasaron por su escuela y seguramente su temida palmeta «acarició» la mano de «algún indio» de la Villa. Recién en 1908 Doña Victoriana clausuró la vieja escuela para disfrutar de merecido descanso.

CAPITULO VI

La evolución de las ideas políticas en la Argentina (como en el mundo entero) señala claramente el ritmo natural de alternancia en el predominio de las ideas liberales en un período, seguido de la supremacía de los despotismos en otro. Este ritmo regula la permanente lucha del hombre por la libertad. La criatura humana nace liberal o reaccionaria y más tarde el hogar, la educación y el medio acentúan estas tendencias, que se nutren en los estratos mas profundos del alma. Según predominen en el gobierno algunas de estas permanentes antítesis, así será el signo de la política. Mientras el gobierno sea tolerante y se respete la obra de signo contrario realizada por los predecesores, la grandeza nacional se acentuará más pues «el país se ha levantado por los aciertos y los errores de sus gobernantes».

Desgraciadamente en algunas épocas el ritmo es reemplazado por la arritmia y la generación gobernante da en pretender destruir y negar a las autoridades y sus obras de signo contrario. En épocas así, alimentadas de cerril dogmatismo que reniega del pasado, desaparece la tolerancia, sensible flor de civilización que se marchita en estos climas. Tal los tiempos de Rosas que tocó vivir al país en estos años que estoy historiando.

Tomando el hilo de los acontecimientos diré que la designación de Urquiza como gobernador coincidió con la penetración del Gral. Paz que al frente de las fuerzas correntinas tomó la capital, Paraná, a mediados de enero de 1842, ocupando el gobierno -que desempeñó por unos días-, teniendo de ministros a los doctores Santiago Derqui -futuro Presidente de la Confederación- y a Florencio del Rivero. El jefe oriental Fructuoso Rivera y el comandante correntino Vicente Ramírez habían ocupado también buena parte de la provincia. El primero, disimulaba intentos separatistas en su lucha contra Rosas lo que era causa real de la acción del segundo. Situación difícil, debida en buena parte a la impericia de Echagüe que obligó a Urquiza a retirarse sobre Ramallo en la costa del delta, donde permaneció por algunos meses actuando de gobernador delegado su hermano Cipriano José. La falta de sinceridad por parte de Rivera y desacuerdos de Paz con Ferré hicieron fracasar la campaña libertadora, por lo que Paz abandonó la provincia y Urquiza se reintegró al gobierno; jefe de vanguardia más tarde, Don Justo, acompañó a Oribe que en Arroyo Grande, cerca de Concordia venció a Rivera el 6 de diciembre de 1842; desde ese momento se inicia la «guerra larga» y el sitio de Montevideo. En 1845 como comandante general de las fuerzas federales, marchó Urquiza al Estado Oriental para derrotar a Rivera en India Muerta (7 de noviembre de 1845).

Al año siguiente, al servicio de la misma divisa, hizo frente Don Justo a la tercera campaña libertadora de Corrientes en la que Paz y los hermanos Madariaga se habían pronunciado contra Rosas. Con hábiles maniobras militares que confundieron al eximio estratega, Urquiza los venció en Laguna Limpia y tomó prisionero a Madariaga, lo que le permitió celebrar con el gobernador vencido el tratado de Alcaraz. Por indiscreciones, se malogró la feliz oportunidad de tener a Caseros 6 años antes y de nuevo hubo de luchar con los Madariaga en «Vences», que trajo así la elevación al gobierno de Corrientes del Cnel. Virasoro, comprometido por Don Justo en sus proyectos libertarios. En estos años de continuo guerrear, Urquiza con la colaboración de los gobernadores delegados Cipriano José, su hermano, y luego el calificado vecino de Paraná D. Antonio Crespo, realizó obra útil de gobierno estimulando el comercio, las industrias, la agricultura y el progreso espiritual. Esta acción positiva se refleja en los guarismos que el Dr. Pedro Serrano, médico del Uruguay, publicó en esos años. La provincia tendría unos 40.000 habitantes.

Se contaban 17 saladeros y graserías, 6 curtiembres, 17 hornos de cal, 50 de ladrillo, 30 tahonas, 12 molinos. La ganadería tenía los siguientes números de animales: 40.000.000 de vacas, 1.800.000 caballos y 2.000.000 de ovejas ; se cosecharon 16.600 fanegas de trigo. La importación dio un monto de $ 946.000 y la exportación $ 970.000. Había en la provincia 48 escuelas y colegios cuyo mantenimiento insumía al año $ 20.000. Las escuelas de artes y oficios tenían 175 alumnos. La enseñanza secundaria y superior recibió el 28 de julio de 1849 el extraordinario aporte cultural y civilizador que fue para el país todo, la fundación del «heredero de Urquiza», el Colegio del Uruguay, que abrió las puertas con Lorenzo Jordana como director.

Veremos ahora lo ocurrido en la Villa que, a mediados de 1849 y por decreto de Urquiza pasó a tener categoría de ciudad, juntamente con las villas de C. Del Uruguay, Gualeguaychú y Gualeguay. Su importancia autorizó tal decreto; la ciudad tenía cerca de 2.000 habitantes; las casas excepto 6 eran de adobe, pocas de ladrillo cocido, con techo de paja brava. La imponente selva de Montiel, virgen de talado, apretaba al pueblo penetrando por las calles, sólo se veían los claros de las picadas y caminos dirigidos a los pueblos vecinos.

En los primeros días de enero de 1841 la capilla se transformó en parroquia teniendo como patrona a Nuestra Señora del Carmen y a Rosario Tala dependiendo de ella como vice parroquia. El P. José Leonardo Acevedo fue así el primer párroco de Nogoyá. Nacido en Córdoba -donde se ordenó en 1807- fue trasladado a Entre Ríos; tomó residencia en 1814 participando en las campañas de Artigas como capellán y guerrero; en 1822 nombrado cura de Gualeguay, luego de Mandisoví, regresando a Gualeguay en 1826, año en que comenzó a atender la capilla de Nogoyá como he relatado anteriormente, circunstancia en que protegió a Urquiza del cual fue leal amigo. Desde 1828 diputado a la legislatura en varios períodos, de la que fue presidente en algunos años. En 1848 pasó a desempeñar el cargo de delegado eclesiástico de la provincia siendo decidido partidario del pronunciamiento contra Rosas; después de Caseros se lo designó Senador Nacional por el distrito federalizado de Entre Ríos y ocupó el cargo de Presidente del Senado de la Confederación. En 1855 fue nombrado para ocupar el cargo de Obispo delegado pontificio pero no llegó a consagrarse, pues falleció el 18 de febrero de 1858. El general Urquiza le dedicó una lápida «como testimonio de cordial amistad» y el vicepresidente del Carril escribía a aquél diciéndole: «Hemos perdido un prelado venerable, un patriota decidido y consecuente amigo de V.E., un senador de Entre Ríos, un compadre pobre, honrado y bueno». Lo dicho resume la calidad del padre Acevedo, que por tantos años atendió la iglesia de Nogoyá y cuya memoria se honra en el busto colocado en la misma iglesia.

En 1848 se crearon los cargos de celador de corrales en todos los departamentos; tenían por tarea recaudar los derechos de tabladas. Ocupó el puesto don José Pedro Cardoso con un sueldo de $ 14 mensuales.

Fueron comandantes militares en estos años don Justo y don Domingo Hereñú, José Lencinas y Francisco Candioti.

Maestro en la escuela pública: Don Domingo Sánchez.

En cuanto a escuelas particulares, seguía funcionando la de doña Victoriana A. De Segovia; para fines de 1850 comenzó «a dar clases» otra escuela similar, la de doña Manuela Casco, de quien se asegura que en compañía de tres alumnas entre las que se encontraba doña Magdalena Giménez de Martínez esposa del soldado de Caseros, Secundino Martínez, bordaron para Urquiza, una bandera estandarte con la inscripción: «Dedicamos este estandarte para el generalísimo de mar y tierra Don Justo José de Urquiza». En el mismo año se construyó en el centro de la plaza una pirámide de ladrillos de unos 4 metros de alto, con verja de hierro que rodeaba el basamento. En acto público se le hizo entrega a Urquiza de la bandera, y al pueblo de la pirámide.

El 26 de enero de 1844 la ciudad presenció el asesinato en forma alevosa de don Cipriano José de Urquiza, gobernador delegado y hermano de don Justo; era éste el mayor de los Urquiza, había cursado estudios en Buenos Aires radicándose luego en Entre Ríos; fue redactor de la Gaceta Ministerial, órgano oficial de Ramírez, primera hoja impresa en la provincia por la imprenta que los hermanos Carrera trajeron de Norte América. Don Cipriano fue ministro de Ramírez en el gobierno de la República de Entre Ríos -acompañando a Sola como Diputado y comandante militar. La provincia lo designó representante en el Congreso Nacional de 1825. En esta época, junto con don Justo fueron unitarios, pero luego militó en el partido federal cooperando con el gobierno de Echagüe y actuando de delegado de Don Justo a partir de 1841. En diciembre de 1843 don Cipriano, de Paraná se trasladó a Nogoyá con una escolta de 25 soldados con el fin de detener a desertores fugados de las fuerzas de Victoria, Tala y Villaguay, refugiados en nuestros montes. Una partida de estos desertores formada por Pedro Martínez (a) Rodas, Celestino Pereyra, José Antúnez, Quintín Niz, José Rueda y otros, penetraron desde los montes el día 26 de enero, a la siesta, mientras el pueblo dormía y la escolta había salido con licencia. Sorprendieron en esta forma, mientras descansaban a don Cipriano y su secretario Juan Ballesteros en la casa de azotea situada ahora en la esquina de Soberanía y 25 de Mayo frente a la plaza. Don Cipriano pudo esquivar a los asaltantes y con el secretario trepó a la casa y parlamentó con ellos; atento a sus promesas de respetarlo bajó a la calle, donde fue herido por Rodas pudiendo no obstante correr hacia la iglesia con el propósito de protegerse en ella, pero el y su ayudante Aguirre fueron ultimados frente a la casa del vecino Gregorio Serante. La policía de la ciudad estaba muy cerca (casa de la esquina sureste de la plaza, frente a la iglesia); la comandaba el vecino Francisco Candioti y estaba formada por un cabo y cinco soldados, que al oír los primeros disparos huyeron para el lado del arroyo, dejando desamparado al señor gobernador. Poco tiempo después algunos de los asaltantes fueron aprehendidos, juzgados por la justicia y fusilados en la plaza. ¿Quién inspiró este crimen? El General Urquiza, que regresó del estado Oriental profundamente apenado por la pérdida del hermano imputó el hecho a Echagüe (que a la sazón gobernaba en Santa Fe) y la prensa rosista cargó el crimen a los unitarios que invadían la provincia. Los asesinos luego de degollar al gobernador asaltaron saqueando algunos negocios al grito de ¡Viva Echagüe! El 30 de enero la legislatura nombró delegado a don Antonio Crespo, quien decretó honores para la víctima del crimen que conmovió el Nogoyá del pasado.

En estos años, precisando, en febrero de 1842, retirándose el general Paz de Paraná, después del efímero gobierno que ejerció, tomó camino a Gualeguay, circunstancia en que pasó por la ciudad. Dejemos hablar a sus memorias: Dispersada la vanguardia de los comandantes Velazco y Báez, atacados por el célebre jefe de Villaguay, Crespín Velázquez, continua Paz con poca tropa en demanda de Nogoyá. «El arroyo parece a la vista de poquísima importancia, pero, se muda de opinión cuando se ha entrado en él. Sin más de 30 varas de ancho, poco más o menos, es un verdadero obstáculo, principalmente para el carruaje por que es un pantano que parece insondable. Para la carreta que llevamos, declararon los prácticos y nuestra propia vista que era preciso hacer lo que ahí llaman puente en lo que tardaríamos por lo menos 4 días. El puente consiste en hacer corte de árboles y faginas y formar una calzada que rellenada después, del ancho y solidez para que pasen los rodados. No fue sin mucho trabajo que pasamos el arroyo Nogoyá en cuyo fango se sumían los caballos más arriba del pecho; algunos no podían vencer esta dificultad y fue preciso hacer esfuerzos para sacarlos. Cerraba la noche que era oscura y tempestuosa cuando nos pusimos en marcha...» Al otro día, pasó Paz al «Pueblito de Nogoyá» agrega él, para dejar a su ex ministro Dr. Florencio del Rivero que hasta Nogoyá había viajado en carruaje con la familia; por no poder seguir a caballo, quedó en la ciudad para regresar a Paraná, donde fue tomado por los jefes federales que lo remitieron a Rosas; este ordenó fusilarlo en Santos Lugares. Al día siguiente día el célebre manco, gran estratega y talentoso autor de memorias siguió para Gualeguay donde llegó el 13 de abril.

Una muestra de las costumbres, forma de vender tierra, escrituras, etc. Lo es la siguiente escritura en papel pergamino que transcribo literalmente: un sello que dice: Provincia de Entreríos, Federación, Libertad y Fuerza. ¡Viva la Confederación Argentina! ¡Mueran los Salvajes Unitarios! (sello segunda clase-Cuatro reales) Para el bieni o décimo cuarto del gobierno Constitucional de Entre Ríos. 40 y 41 de la Libertad. «En esta villa de Nogoyá a 20 de abril de 1849 - Año 40 de la Libertad, -35 de la Federación Entrerriana- 34 de la Yndependencia y 20 de la Confederación Argentina. Conste por esta pública escritura como yo Juan José Diaz, vecino de este Dto. De Nogoyá y con autorización de los demás herederos de D. Pedro Godoy he vendido el citio cito a una cuadra de la plaza al norte de este pueblo con todos los enseres y límites según expresa la escritura adjunta de propiedad de Don Miguel Villaraza del comercio de este punto en la cantidad de ciento y dos pesos plata sellada moneda corriente constante y sonante la que he recibido a mi entera satisfacción, corriendo de su cuenta la escritura y derecho de alcabala. En cuya virtud hago traspaso perpetuo de posesión con todo el señorío, título, vos y recurso que a mi me corresponde renunciando como renuncio a toas las Leyes a favor del comprador y para que en todo tiempo tenga este traspaso su valor y fuerza así lo otorgo y firmo ante testigos infrascriptos con autorización del Señor Alcalde Mayor de esta Villa de Nogoyá. A ruego de Don Juan José Días y como testigo -Manuel Fernández. Demetrio Martínez, Ato Vivanco, Juzgado Mayor y Cmte. De Nogoyá abril 20 de 1849. Pablo F. Herñú. Alcalde Mayor.

En otra escritura del mismo estilo de fecha 5 de marzo de 1835 D. Silvestre Barreto vende a D. Pedro Godoy una casa sobre terreno 50 varas por lado sita a una cuadra de la plaza y por la suma de 120 pesos. Certifica esta escritura el Alcalde Mayor y comandante de la villa de Nogoyá, Don Francisco Antonio Candioti. En noviembre 20 de 1879 esta escritura fue inscripta en la Municipalidad con la firma del secretario Raymundo Machado y como tesorero Don Pablo Matharán

CAPITULO VII

El año 1850, crucial a los acontecimientos argentinos, lleva en su seno la determinación de Urquiza de liberar a la nación de la tiranía de Rosas y dar al país ala organización estatutaria, tan deseada por los pueblos y esperada por mas de 40 años. Múltiples razones determinaron a nuestra provincia y a su gobernador tomar a su cargo tamaña empresa.

Estatismo rudimentario, monopolio cerrado, clausura permanente de los ríos de nuestro litoral, linfa vital para Entre Ríos, determinaron en buena parte la necesidad de demoler el servilismo administrativo y económico disfrutado por Buenos Aires y los primates de comercio y de los negocios, asociados de Rosas (o de buenos amigos como los ingleses).

La correspondencia de Urquiza con el ministro Felipe Arana (eminencia gris del dictador); con el pariente de Don Justo comandante Vicente González (a) Carancho del Monte y las órdenes de Rosas a Echagüe para que vigile a Urquiza están diciendo que el encuentro venía de lejos, y que a no mediar indiferencias de los Madariaga, y los proyectos separatistas de Carlos López es seguro que tras Alcatraz, Urquiza se habría pronunciado contra Rosas 5 o 6 años antes. Advertido don Justo por estos contratiempos fue precavido y sagaz en el, definitivo intento. El comerciante catalán don Cuyas y Samperre, disimulado diplomático y su inteligente hijo el doctor Diógenes, le sirvieron de mediador con los gobiernos del Brasil y del Uruguay, para que sin menoscabo alguno de la soberanía ni de la integridad argentina se celebran los tratados del 29 de mayo y 21 de noviembre que coordinaron la liberación de Montevideo y la guerra contra Rosas.

Con la conferencia de Concordia se aseguró el concurso del brigadier Virasoro -gobernador de Corrientes- y por lo demás la flor de la emigración antirrosista que, esperaba el momento oportuno dispersada en toda América, se congrego en torno del liberador Urquiza.

El 1° de mayo de 1851 en la Plaza Ramírez De C. del Uruguay, producida por la pluma acertada de Juan Francisco Seguí se leyó el famoso Pronunciamiento, punto de partida da la campaña -que tras levantar el sitio de la Nueva Troya- proclamó al pie del cerro Montevideo que no había «vencedores ni vencidos», que todos éramos hermanos argentinos con el deber de fusionar las divisas y que él, el gran Urquiza, desde ese momento dejaba de ser hombre de partido para ser el soldado de la Constitución. En el ínterin Juan Manuel de Rosas, por intermedio del ministro inglés en Buenos Aires, Mr. Southern, pedía la intervención inglesa para impedir la invasión de los ejércitos libertadores. Resulta demostrado que S. M. Británica, aliada con el gobierno de Francia, se propuso salvar a Rosas conteniendo al Brasil, pero las operaciones militares de Urquiza y Garzón hicieron fracasar los planes del primer ministro Palmerston y de su embajador en Buenos Aires.

El ejercito Grande Libertador, el 23 de diciembre de 1851 pasó el Paraná por Diamante, el más grande río de América atravesado por el mas grande ejercito; cuadro imponente que inspiró al «boletinero» Sarmiento páginas de épica grandeza. Santa Fe se unió a los hermanos entrerrianos continuando la marcha hacia Buenos Aires y el 3 de febrero de 1852 en los campos de Caseros la patria coronó de laureles a Urquiza y a sus 10.000 leales entrerrianos. En esta batalla dieron su sangre por la libertad algunos olvidados nogoyaenses como Isidro Aquino, Domingo Hereñú, Juan Cruz Romero, Evaristo Martínez y el coronel Manuel Navarro, que aunque porteño, debe ser considerado local por su larga actuación en la ciudad.

Urquiza -luego de ser aclamado libertador de Buenos Aires- no quiso repetir el error argentino que antes me he referido en el sentido de negar y destruir la obra de los rosistas ahora desalojados del poder; muy por el contrario, con la cooperación de los gobernadores federales firmó el acuerdo de San Nicolás Basado en el Pacto Federal de 1831, donde quedó estudiada la forma de reunir al Congreso Constituyente y se creó la autoridad nacional en manos de un Director provisorio. Desgraciadamente Urquiza no fue interpretado en Buenos Aires, siempre temerosos sus hombres de perder el monopolio del puerto, de la aduana y del poder centralista que ejercían. La legislatura porteña desconoció el Acuerdo y luego de la revolución del 11 de septiembre, intentaron invadir la provincia de Entre Ríos comandados por Hornos y Madariaga, pero fueron rechazados por el comandante de C. del Uruguay don Ricardo López Jordán (hijo), con el concurso del batallón formado por alumnos del Colegio Nacional.

El Director provisorio Urquiza, superando estos inconvenientes no perdió de vista lo principal, la reunión del Congreso, para lo cual tras de invitar a las provincias convocó al pueblo de Entre Ríos a elección de electores; éstos reunidos en Nogoyá el 4 de agosto, nombraron a don Juan María Guriérrez - fundador de la Asociación de Mayo- y a José Ruperto Pérez, distinguido diplomático santafecino, para representar a la provincia en el célebre Congreso de Santa Fe. Reunidos en esta asamblea los ilustres y capaces diputados de las 13 provincias que formaban la Confederación (Buenos Aires permanecía segregada) trabajando con sentido real de la situación política, social y económica del país, sancionaron la constitución de 1853 conocida por «Constitución de Mayo».

Cumpliendo con lo señalado en esta carta, se eligió presidente de la Confederación a Urquiza, vicepresidente al Dr. Salvador M. Del Carril, de probada capacidad como estadista; se instaló el congreso nacional que federalizó el territorio Entrerriano para ser residencia de las autoridades nacionales. Aceptado este temperamento por la legislatura, el 22 de marzo de 1854 caducaron las autoridades locales y la historia de la provincia es la de la Confederación, hasta 1860.

En lo cultural, fue extraordinaria la importancia que tomo el Colegio del Uruguay en estos años bajo la permanente protección del fundador, que puso el rectorado en manos del gran maestro Dr. Alberto Larroque, con un cuerpo de profesores prestigiosos, algunos de renombrada fama, hombres de ciencias, letras y artes que hicieron del Colegio una Universidad con estudios superiores de Derecho, Comercio, Filosofía y Ciencia militar.

Consolidado el Gobierno de la Confederación después del período de Urquiza, se consideró la necesidad de reintegrar a Entre Ríos al goce de la autonomía que había cedido, para así servir mejor de sosten a las autoridades nacionales. Por ley, se señaló la ciudad de Paraná como capital de la Confederación (29 de diciembre de 1858) y se convocó al pueblo de la provincia para que eligiera convencionales, que bebían dictar la constitución provincial. Las elecciones se efectuaron en todos los departamentos los días 15, 16 y 17 de diciembre de 1859. El general Manuel Urdinarrain fue el diputado por Nogoyá. La convención reunida en C. del Uruguay sancionó la constitución el 11 de abril de 1860 y señaló a dicha ciudad para Capital de la provincia. Habiendo terminado Urquiza el mandato presidencial transfiriendo el poder al sucesor Dr. Santiago Derqui, la legislatura lo designó gobernador y capitán general, asumiendo el mando el 1° de mayo, con el Dr. Luis J. de la Peña y el coronel López Jordán como ministros, para inmediatamente dar comienzo a la organización de la administración. Con la permanente y patriótica inspiración del gobernador de la provincia se reunió en Santa Fe la Convención Nacional; ésta debía estudiar las reformas que a la carta nacional proponía la provincia de Buenos Aires, de acuerdo al Pacto Nacional de San José de Flores, resultado de la batalla de Cepeda: acontecimiento del año final de la presidencia de Urquiza. Entre Ríos estuvo representado por los doctores del Carril y Victorica en dicha convención. En ella y por aclamación se aprobaron las pocas modificaciones propuestas por los porteños. La Nación, integrada por Buenos Aires, juró la Constitución de Mayo; al Dr. Derqui presidente de la Confederación y a Bartolomé Mitre gobernador de la provincia de Buenos Aires les cupo el honor de ser los madatarios que hicieron cumplir el legado de los próceres de mayo: Patria con ley, orden y libertad.

La ciudad, en estos años de gloria se renovó con señalado progreso como resultado de tener leyes y gobernantes capaces. Después de Caseros el país era un desierto y debió darse realidad al apotegma de Alberdi «gobernar es poblar». Propiciada por los gobiernos, comenzó a llegar de Europa, especialmente de Italia, Suiza y España, la gran simiente de sangre y civilización que formó la Argentina del presente. Urquiza -el primero cuando se trata de hacer algo útil para el progreso- con su dinero y sus campos determinó una selecta corriente inmigratoria de italianos, suizos y franceses, fundadores de las colonias, graneros futuros del mundo. Con estos labradores llegaron buen número de artesanos, profesores, médicos y artistas de fama. Estos años cimentan al Nogoyá moderno, concordante con el progreso nacional y muy especialmente con el adelanto de la provincia, cuya capital, residencia del gobierno Confederado es ahora renovado centro de cultura europea que irradia a su territorio.

La ciudad tendría en esos días unos 2.500 habitantes, según cálculo de su primer médico. Me refiero al Dr. Pablo Mantegazza, joven galeno italiano, nacido en Florencia en 1831 y recibido en la célebre Universidad de Pisa. Terminado los estudios, atraído por la fama de la Confederación y por el deseo de realizar estudios de Botánica y Antropología se trasladó a Buenos Aires, de donde pasó a Paraná y de ahí a Nogoyá interesado por la riqueza forestal de Montiel, rico también en animales salvajes para sus estudios zoológicos. En 1853 estaba Mantegazza en la ciudad, recibido cordialmente por el vecindario que así contaría con el auxilio de la ciencia para el cuidado de sus males, hasta entonces en manos de «curanderos, yuyeros, herboristas» y hasta de algún renombrado «brujo» o «mano santa». En los años anteriores, muy de tarde en tarde solía atender pacientes el Dr. Joaquín Vivanco, recibido en Buenos Aires en 1849 y radicado en Victoria. De allí debió venir apresuradamente en 1853 para atender a Urquiza, que de paso por Nogoyá se enfermó de cuidado. Para estos años en que Mantegazza vino a la ciudad, el coronel Evaristo Martínez, casado con Paula Hereñú, hermana del coronel Domingo, había edificado frente a la plaza una hermosa casa de altos que habitaba con su familia; en este hogar se hospedó el médico italiano quien, según relata en sus recuerdos de América, fue gentilmente atendido por los esposos Martínez Hereñú. Al año siguiente causas particulares lo alejaron rumbo a Salta donde permaneció otro año y casó con la criolla Jacoba Tejada. Para cumplir contrato sobre inmigración que firmó con el gobierno salteño del general Pusch, Mantegazza regresó a su patria donde como hombre sabio llegó a ser catedrático de la universidad de Pavía, senador académico y escritor de fama. Falleció en 1912. Una calle de nuestra ciudad lleva el nombre del ilustre italiano, primer médico de Nogoyá.

Sin médico quedó la ciudad hasta enero de 1860 en que llegó el Dr. Juan Bautista Quadri, italiano recibido en Bolonia; en junio se lo nombró médico de policía (el primero), fundador de la Sociedad Italiana y de la Biblioteca Popular; fue padre del Dr. Arnoldo M. Quadri y falleció en 1879.

Las autoridades en esos años fueron las siguientes: Don Pablo Hereñú, Juez de Paz; Alcaldes: Genaro Gades, Justiniano Retamal, y José Yausado para la ciudad; en campaña Hipólito Aguilar en el Chañar, Pedro Ojeda en Algarrobitos, José Acevedo en Don Cristóbal, Lorenzo González en Crucesitas, Pablo Retamal en Chiqueros, Fermín Cardoso en el Sauce y Juan de la Cruz Escalante en Montoya.

Comandantes militares: Don Evaristo Martínez, reemplazado el 31 de mayo de 1853 por el coronel Pablo Hereñú. Por la reforma constitucional de 1860 se suprimieron los comandantes militares, reemplazados por los jefes de policía para cuyo cargo se nombró al comandante Evaristo Martínez teniendo éste como secretario al coronel Manuel J. Navarro. Así se incorpora éste a Nogoyá, donde fue funcionario y político de nombre por muchos años.

El Juzgado de Paz lo desempeñó el vecino don Felipe Otaño, comerciante y hombre de progreso perteneciente a una familia numerosa que sobresalió en la política y el trabajo. Desgraciadamente el señor Otaño falleció joven todavía el 5 de mayo de 1855.

En agosto de 1854 renunció el celador de Corrales Pedro Cardoso y se nombró a Lázaro Gimenez. Don Camilo Fernández es receptor de rentas desde el 21 de abril de 1853. La escuela del estado recibió mejoras por valor de $ 100 y el 21 de abril de 1850 es designado Director Preceptor don Dalmiro Sánchez y ayudante don Manuel Fernández, que el 14 de junio de 1858 es reemplazado por Miguel Hereñú.

El 13 de noviembre de 1851 S.S. Pío IX designó oficialmente Patrona a la Virgen del Carmen; tal la comunicación del Padre Acevedo al encargado de la parroquia Fr. Morel. Por el fallecimiento de Monseñor José Leonardo Acevedo el 18 de febrero de 1858 se nombró cura de Nogoyá al P. Sinforoso Aparicio. La transformación del templo al crearse la parroquia en 1841 fue de escasa importancia, continuando en pie el mismo edificio techado en paja que se reforzó en 1857 con cueros de vaca. En estos años trabajaron algunos albañiles, se compuso la puerta y las ventanas que ahora tenían cristales, quedando el edificio en mejores condiciones.

El conocido naturalista, geógrafo y médico francés don Martín de Moussy a quien Urquiza alentó en sus estudio de Geografía Física y Social de la Confederación Argentina, -sobre cuyo tema escribió un magnífico tratado descriptivo e ilustrado con mapas- visitó Nogoyá en 1855 mientras desempeñaba las funciones de Presidente del primer consejo de Higiene Provincial y de Profesor del, Colegio del Uruguay.

Dice Moussy del Nogoyá de entonces: «Las tierras son fértiles y excelentes para criar vacas, caballos y cultivar cereales que ya son abundantes. Las granjas son numerosas por la división de la propiedad, más repartida aquí que en otras partes de Entre Ríos». Calculó la población de la ciudad en 2.500 habitantes y agrega: «la pequeña ciudad es realmente rica, donde el comercio aumenta día a día por ser el sud de la provincia, punto de pasar de los caminos entre Paraná, Uruguay, Gualeguay y Gualeguaychú. No tiene más edificios públicos que la escuela. La iglesia no es más que una pobre construcción con techo de paja que los habitantes quisieran reemplazar por algo mejor. La plaza esta rodeada por bellas casas de azotea, cuyo número aumenta todos los días. La ciudad posee un Club para reuniones de la sociedad y para leer periódicos».

Don Luis F. Aráoz, destacado tucumano que contando con una beca nacional llegó a principios de 1856 a estudiar al Colegio del Uruguay, al que más tarde honró creando para el mejor bachiller de cada año, el premio Alberdi, dejó escritas memorias del Colegio cuando fue estudiante. Las primeras páginas están destinadas a describir el pintoresco viaje que debió realizar para llegar al Uruguay y a su paso por Nogoyá dice lo siguiente: «miércoles 3 de junio -por la tarde vadeamos un arroyo de 5 a 10 varas de ancho sin arboleda en sus márgenes, bastante pantanoso y que tiene el nombre de Chañar. Corría por el centro muy poca agua como de una acequia. Vimos la villa de Nogoyá que teníamos al frente. Era un rancherío y me llamó la atención ver al pasar una tienda y almacén grande con techo de paja y una araña o quinquet de cuatro luces, paramos un rato y mudamos caballo en la orilla norte de la villa. Entraba el sol en un día sereno como lo fueron todos los del viaje. Hicimos noche a una legua de la villa en una casa pajiza como todas de dos o tres piezas seguidas con su corredor bien aseado y blanqueado por dentro. Los dueños -unos paisanos- estaban bien vestidos de chiripá negro. Nos cedieron una pieza y nos obsequiaron con caldo y asado, hice mi cama como siempre en el suelo con la montura y dos frazadas de faja blanca y azul poco conocidas en Entre Ríos. En las afueras de la casa estaba escrito: Posta de la viuda de Cardoso. Lugar precioso como los es todo Entre Ríos, la casa aseadita sobre la cresta de una suave cuchilla llena de verdor y poblada de hacienda vacuna. Si pudiera volver por ese camino recorrería seguramente el lugar y ¡cuanto gozaría de ello!». Como se ve el Dr. Aráoz quedó encantado de las bellezas naturales de nuestra campiña.

Al finalizar la década, la señorita Modesta Olgín instaló una escuela particular que funcionó con 20 alumnos.

CAPITULO VIII

La reforma constitucional de 1860 modificó, después de 38 años de aplicación, el estatuto provincial de Mansilla y de su talentoso ministro don Pedro J. de Agrelo, derogando así la carta que había tutelado los derechos naturales del hombre, fin y motivo de todo buen gobierno. En la nueva Constitución se creó el gobierno municipal autónomo, se estableció la inmovilidad de los jueces, se dividió la Provincia en 10 departamentos, se creó la primera cámara de justicia provincial formada por los doctores del Carril, Victorica, Pondal, Peralta y Vázquez y se estableció el primer Consejo de escuelas formado por los señores de la Peña, Urdinarrain, Victorica, Larroque, P. Hereñú, Pondal, Mantero, Ruiz Moreno, Duportal Baltoré, Vázquez, Teófilo Urquiza, Simón Santa Cruz, Onésimo Leguizamón, Martínez Fontes, y Luis Grimaux; lo más culto y destacado de la provincia al frente de la enseñanza primaria. ¡Qué ejemplo! así elegía Urquiza colaboradores, hombres capaces que honraban al gobierno, grandes señores.

El presupuesto se calculó en $ 378.000.

El aporte extranjero -para entonces de importancia-, determinó un gran desarrollo industrial, comercial y especialmente agrícola; se desmontaron y poblaron los campos en colonias oficiales todavía no superadas, donde se cultivaba trigo, vid, maíz, forrajes, frutales y se estimuló la ganadería cada vez más pujante.

En el orden nacional no reinó la paz. El presidente Derquí no estuvo a la altura debida para sortear las dificultades que trajeron la incorporación de la provincia de Buenos Aires y los sucesos de San Juan. Se produjo el choque en Pavón que Urquiza con desprendimiento total solucionó, dejando el campo a Mitre y al Partido Liberal, por lo cual el centro de gravitación nacional pasó de Paraná a Buenos Aires. Mitre fue Presidente en 1862, contando con la leal adhesión del gobernador Urquiza, este superando anteriores etapas localistas, es un argentino que siente lo nacional como una unidad indivisible.

El 30 de abril de 1864 terminó el mandato de Urquiza y la Legislatura, venciendo la oposición de elementos que pugnaban por Ricardo López Jordán, designó gobernador a don José M. Domínguez, ex ministro provincial que tuvo por colaboradores a los doctores Sagastune y Baltoré. Durante su gobierno debió afrontar las complicaciones que trajo la invasión colorada del general Flores al Estado Oriental, la intervención brasilera, el sitio y la matanza de Paysandú con el corolario final de la guerra con el Paraguay. Las autoridades nacionales requirieron el concurso de Urquiza para afrontar la contienda y él, fiel al camino que se había trazado, como Comandante de Entre Ríos movilizó las milicias reuniendo 6.000 hombres sobre el arroyo Basualdo para marchar al teatro de la lucha. Estas tropas, al parecer sugestionadas por López Jordán que había prometido al presidente López del Paraguay, hacer sabotaje local, se desbandaron y regresaron a sus departamentos. Igual cosa sucedió en Toledo con nuevas fuerzas entrerrianas, reunidas por los coroneles Francia, González y Basavilbaso. Evidentemente la guerra del Paraguay fue impopular en la provincia; pero en eso andaba López Jordán que en 1866 renunció a su banca. Su persona se perdió en la penumbra del conspirador. Estas defecciones apenas fueron subsanadas en parte por los contingentes que bajo directo control, embarcó Urquiza en el Uruguay; marchando al Paraguay comandados por el entonces mayor Eduardo Racedo y luchando bravamente en los esteros paraguayos defendieron el honor de la Bandera. El localismo, estimulado por propaganda separatista, alentado desde el Paraguay y por la política imperialista de los López y otras veces desde el Brasil y el Uruguay, por motivos políticos y pleitos de poder, explican también estos acontecimientos.

Superados los inconvenientes, el gobernador Domínguez trabajó empeñosamente. Se creó el departamento Topográfico para levantar el catastro de la Provincia. El ingeniero coronel Carlos Sourigues es el presidente y los profesores del colegio, don Luis Lavergne y Juan B. Martínez vocales. Mantuvo el P.E- inconmovible la libertad de prensa, fundamental en el gobierno democrático, dictó leyes sobre bancos de créditos locales, fondos públicos, títulos de rentas, policía, juegos, etc. En la Legislatura Provincial actuaron los altos valores de Olegario Víctor Andrade, G. Galarza, Urdinarrain, Basualdo, Baltoré, Baraño, Febre, Camejo y Cardas.

Al término de este mandato, la oposición presentó la candidatura de López Jordán y en el gobierno se pensó en el Dr. Diógenes Urquiza, pero con miras a la situación Nacional la Legislatura designó al Gral. Urquiza gobernador, quien nombró ministros a los doctores Manuel Leiva, José R. Baltoré y Fidel Sagastume.

Al año siguiente la sucesión Presidencial agitó la Nación y trajo fricciones entre Don Justo y Mitre, resultando elegido Sarmiento, enemigo tradicional de Urquiza (por razones psicológicas) que a poco de gobernar buscó y obtuvo la amplia cooperación de su antiguo adversario. Por invitación de Don Justo, en los primeros días de enero de 1970, el presidente Sarmiento visitó San José, dándose el edificante espectáculo de estos grandes hombres cargados de gloria que deponían el pasado en aras del porvenir venturoso de la Patria. «Ahora sí que me siento Presidente de todos los argentinos», pudo exclamar Sarmiento al despedirse de Urquiza.

Veamos los hechos locales. Cumpliendo con el artículo 58 de la Constitución el gobierno puso en funcionamiento el juzgado de 1ra. Instancia con asiento en Nogoyá; comprendía los departamentos del oeste de la Provincia. Se nombró Juez al Dr. Fermín Ríos, con sueldo de $ 1.800 anuales, fiscal al Dr. Julio Medrano con $ 1.200; defensor de menores al Dr. Delfín Camejo, y por división del Juzgado el Dr. Ramón Febre es el juez en 1863 conjuntamente con el Dr. Romualdo Retamar. Estos letrados son abogados recibidos en los cursos de derecho del Colegio del Uruguay. Como complemento del Juzgado se estableció la cárcel y fue su alcaide Manuel Gallo, a quien en 1865 lo reemplazó Mariano Bobet. Secretario en 1866 por la renuncia de los anteriores le es el primer escribano de la ciudad don Hermenegildo Graz.

No pudiendo contar con los letrados necesarios al funcionamiento del juzgado, por falta de casa apropiada (funcionó en la Policía), y después de 8 años, por decreto del 20 de noviembre de 1868 se clausuró la casa de la ley y los expedientes en trámite pasaron a Paraná. Debieron transcurrir más de 50 años para que en 1920, durante el gobierno del Dr. Celestino L. Marcó se instalara el nuevo juzgado.

El Dr. Romualdo Retamar, juez del Juzgado antes citado fue el primer abogado de Nogoyá. Nació en Paraná el 7 de febrero de 1838; se crió en los pagos del Pueblito que eran los de sus padres, Justiniano Retamar y Rosa Salazar; estudió en la escuela del pintoresco maestro Biruez y becado, pasó al Colegio del Uruguay donde fue condiscípulo de Roca, Aráoz, Camejo, Ruiz Moreno, De la Plaza, Zapata, Legizamón, Baltoré, Febre, Ibarguren, etc.. Siguió a Montevideo para terminar en su Universidad la carrera de abogado y ya doctor, el gobierno lo designó Juez de Nogoyá.

Más tarde se lo eligió diputado y convencional en 1873, cuando en Nogoyá se discutió agriamente el problema de la capital de la provincia y las secciones terminaron en «copasos y petardos». En el pueblo se difundió el rumor que por el voto adverso del doctor Retamar no había sido designada la ciudad, capital provincial. Por tan insólita acusación -cuya veracidad yo no he podido constatar-, la reacción popular lo obligó a huir y refugiarse en el campo, en casa de su cuñado don Cruz Saldaña (padre de Fray Reginaldo), de donde pasó a residir en Santa Fe; fue profesor universitario, juez y periodista.

Para atender la secretaría del Juzgado se radicó en ésta don Hermenegildo Graz, exalumno del Uruguay, licenciado en derecho en el mismo Colegio; fue el primer escribano local; llegó a ser convencional y secretario municipal; por más de 20 años firmó todas las escrituras del Departamento.

El 30 de mayo de 1861 falleció en la ciudad el coronel Isidro Aquino, de quien debemos anotar algunos datos. Hijo del comerciante español José Aquino y de Juana L. Aliendro, a los 15 años ya era soldado de las milicias de Hereñú, Sola, Zapata, Caraballo, Martínez, Romero y Ramón Ascúa; más tarde marchó con Echagüe a Pago Largo de donde regresa capitán de las tropas locales del coronel R. Herenú. Siguiendo lo poca suerte de Echagüe como guerrero (se lo conocía en estos pagos como el general Badana por su poca capacidad en las milicias), Aquino debió compartir las derrotas de Caagancha, Don Cristobal y Caaguazú. Con la jefatura militar de Urquiza, cosechó los laureles de Laguna Limpia, Vences, campaña a la Banda Oriental y Caseros, retornando con el grado de coronel, después de 20 años de servicio activo. En momentos de paz pudo el joven coronel atender sus intereses ganaderos en la estancia «La Colina» y en el año 1855 se casó con doña Gregoria Salas, de antigua familia. Confirmado coronel de la Nación, asistió al combate de Pavón, falleció el 30 de mayo de 1861. Sólo así dejo de batallar este varón, ejemplo de lo que fueron los entrerrianos del siglo pasado.

Moussy en su libro editado en París en el año 1864, calculó la población de Nogoyá en 1861, en 8.500 habitantes para todo el departamento. En la estadística oficial del ministro Peña se calculó en 2.800 los habitantes de la ciudad y en 1.289 el número de las casas del departamento incluida la ciudad.

Se alternan en la Jefatura de Policía los coroneles Evaristo Martínez y Manuel Navarro, éste último por más tiempo como titular efectivo.

Es diputado en 1860 el coronel Domingo Hereñú quien renunció al año siguiente siendo reemplazado por el doctor Fermín Ríos. En los siguientes años son diputados nuevamente Hereñú, Evaristo Martínez y en 1867 el Dr. Julián Medrano, primer periodista de Nogoyá -de quien me ocuparé en el próximo capítulo-.

En el presupuesto de gastos de 1862 se crean los siguientes puestos: tres comisarios de campaña, en Don Cristobal, Montoya y Algarrobito. El jefe, comandante Navarro, instaló en este año los primeros faroles del alumbrado público y la provincia pagó por este servicio $ 50 mensuales. En el orden escolar se progresó, separandose las secciones de varones y mujeres teniendo cada una preceptor y ayudante, cuyo sueldo con de $ 80 y $ 40 respectivamente; los cargos los desempeñaban: Modesta Olgín, preceptora y Medarda Cardoso, ayudanta; don Francisco Sardi, preceptor y don Santiago Aquino, ayudante.

En 1863 se reorganizó la justicia nombrándose Juez de Paz a don Pablo Hereñu; alcaldes de la ciudad a don Antonio Ceballos, José María Castro y José Bernaechea, Juan Mora, José María Monje e Hipólito Lesca. En campaña: Félix Losa en Algarrobito, Pedro R. Argibel en Crucesitas, Pablo Retamal en Chiqueros, Nicandro Romero en Sauce, Pedro Flores en Montoya y Luis F. de la Puente en Don Cristobal. El 28 de abril de 1864 es nombrado Juez de Paz don Isidro Iparraguirre.

El 26 de septiembre de 1863 se nombrarón: Receptor de rentas a don Evaristo Martínez y Reguladores de cuentas a don Agutín Anza y Ceferino Miño.

Por decreto del gobierno provincial en 1861 se ordenó a los jefes políticos dar comienzo a la limitación de terrenos para los cementerios públicos pues a partir de esa fecha se prohibía sepultar en los terrenos y atrios de la iglesia; en tal sentido el jefe coronel Navarro, es autorizado a contratar la obra de la Capilla del cementerio con el arquitecto Carlos Svavafide por valor de $ 500. Terminada la obra. fue bendecida por el padre Aparicio; el coronel Navarro donó las campanas y la imagen de Jesús. El erario público pagaba $ 15 mensuales para el cuidado de la necrópolis.

En 1865 se cambió el Juez de Paz, para cuyo cargo es designado don Demetrio Martínez y alcaldes de la ciudad se nombran a don Víctor Rodríguez, Ceferino Miño, Isidro Iparraguirre, José Quijano y Fortunato Solís. El 16 de marzo de 1861 se creó el cargo de medidor y delineador público con funciones municipales, nombrándose para desempeñarlo a don Luis Cesarego, y el 29 de diciembre de 1863 se le aceptó la renuncia reemplazándolo don Carlos Svanafide.

En la construcción de los primeros ferrocarriles argentinos, por medio de los cuales se pobló el desierto a lo largo de sus líneas, donde fueron surgiendo pueblos y ciudades, progreso que debemos a los capitales nacionales y extranjeros que tuvieron fe en el porvenir del país. Tuvo importante participación Don Justo, que los estimuló con grandes sumas de dinero.

Para la construcción del Central Argentino de Rosario a Córdoba, estudiado y proyectado por el ingeniero Wheelwright en 1865, Urquiza suscribió la suma de $ 100.000; queriendo que el pueblo tomara parte en esta obra trascedental, el gobierno ofreció acciones del F.F.C.C. y en Nogoyá fueron nombrados los señores Demetrio Martínez, Manuel Navarro y Manuel Ortíz para colocar los títulos.

En 1867 se creó el Banco de la Provincia de Entre Ríos, que instaló sucursales en Paraná, Victoria, Gualeguay, Gualeguaychú, Uruguay y la Paz; el 14 de enero de 1869 el P. Ejecutivo designó a don Felipe Baucis, vecino de Paraná, para gerente de la sucursal que funcionaría en Nogoyá. Los acontecimientos del momento impidieron esta realización y el Banco se liquidó después de las guerras de López Jordán.

El 30 de enero de 1869 renunció el celador de los Corrales, don Alberto Rodríguez y en su lugar se nombró a Inocencio Machado.

El primer censo nacional ordenado por el Presidente Sarmiento dió para la provincia 134.721 habitantes; la Cavión 1.736.923 habitantes. Nogoyá tiene 3.750 habitantes, contando entre ellos 428 extranjeros, la mayoría españoles e italianos, 5 franceses, 2 alemanes y 1 belga (año 1869).

En 1867 se instaló el doctor José Crespi, médico italiano venido de Gualeguay, quien se ausentó al año siguiente en momento que llegaba el Dr. German Walesdki. En 1865 se abrió la farmacia regenteada por don José María Gamas, herborista español.

El 16 de marzo de 1868 se eligieron diputados al doctor Julian Medrano y al general Miguel Galarza.

El 7 del mismo mes se nombró preceptora de mujeres a la señora Juana Facunda Panelo y ayudante de la escuela de varones a Cupertino Otaño, a quien al año siguiente lo sustituyó Luis Leguizamón; en esta fecha la señora de Panelo es reemplazada por doña Camila Sosa. El 21 de abril se creó la Guardia de Seguridad con la jefatura del teniente Nicolás Garmendia y en marzo 27 se nombró Receptor de Rentas a don Ricardo Salas y el 19 de julio se ordenó a los jefes de Policía que preparen o alquilen casa para instalar las oficinas del Telégrafo de la Nación, que el Presidente Sarmiento está haciendo instalar en toda la república; a fines de 1871 funcionaba la oficina local a cargo del Sr. Luis Marchini.

El 30 de abril de 1864 Nogoyá fue sede de la convención que debería resolver sobre la capital definitiva de la provincia; se designó asiento de la reunión por su situación central con buenos caminos y por las comodidades que podía proporcionar el hotel «El Entrerriano» de don José Paganeto, situado en la actual casa del doctor Grosso.

La Constitución de 1860 estableció la capital de la provincia en C. del Uruguay. Luego de Pavón la ciudad de Paraná dejó de ser la capital de la Confederación y se encontró así despojada en lo nacional y provincial, por lo cual sus habitantes formularon petitorios a la legislatura solicitando la convocatoria de una asamblea que estudiara la situación planteada. La legislatura accedió al pedido, y el 30 de abril de 1864 se eligieron los convencionales que se reunieron en Nogoyá el 30 de julio del mismo año, en casa del coronel Manuel J. Navarro convencional por Nogoyá conjuntamente con el coronel Domingo Hereñú. La casa de Navarro estaba situada frente a la plaza, actual propiedad de los señores Primo y Rodríguez.

Fueron convencionales distinguidos entrerrianos como; los militares, generales Basavilbaso y Udinarrain; coroneles Navarro, Villar, Camino, Urquiza, Ramírez, Martínez y González; letrados como Montero, Soneira, Ocampo, Vazquez y Moreno; ciudadanos de prestigio como: Crespo, Espíndola, Cabrera, Martínez, Hernadez, Arteaga y Masdeu Mantero. Reunidos en casa del comandante Navarro designaron secretario a don José Hernandez Pueyrredon. Notable circunstancia esta, la de estar en Nogoyá el inmortal poeta, distinguido periodista, apasionado político, autor del estupendo poema gaucho «Martin Fierro». Federal neto por herencia paterna, enemigo irreconciliable de los porteños unitarios especialmente de los presidentes Mitre y Sarmiento; residía en Paraná después de Pavón, trabajando en la casa de comercio de don Ramón Puig, había contraído enlace pocos días antes con la señorita del Solar hija de un médico de Paraná. Seguramente sus habilidades en taquigrafía fueron la causa de esta designación. El Presidente de la Convención don Antonio Crespo abrió el debate y nuestro convencional coronel Domingo Hereñú pronunció un erudito discurso con atinadas reflexiones llamadas a la concordia y exaltando la noble trayectoria del pueblo entrerriano en la gesta nacional. Es que el coronel Hereñú destacado guerrero no estaba desprovisto de capacidad literaria. El temario de la Convención era candente y movía pasiones. Había antecedentes favorables para ambas ciudades Paraná y Uruguay, en la lucha por ser capital.

El general Urquiza que ya no era gobernante -don José María Dominguez ejercía el poder ejecutivo- parecía ser neutral.

Los intereses fueron superados y las palabras elocuentes y conciliatorias del coronel Hereñú escuchadas por los convencionales con sentimientos de hermanos, los llevaron a aplazar para el año siguiente la solución del conflicto. En efecto la Convención resolvió que el 25 de mayo de 1865 debería reunirse una asamblea que fijara la capital. Se conjuró así un grave cisma; los periódicos que reflejaban el estado de la opinión hablaron de dividir la provincia en secciones independientes separadas por el río Gualeguay. Otra manifestación del localismo entrerriano. Al año siguiente la guerra del Paraguay dió largas al asunto. La ciudad de Nogoyá agasajó a los distinguidos convencionales sucediéndose banquetes, comidas, reuniones, y bailes muy concurridos en casa del comandante Navarro. José Hernandez quedó unos meses atendiendo la secretaría del Juzgado de 1ra. Instancia y a fines de 1864 marchó a Paysandú con su hermano Rafael para defender la ciudad mártir.

En 1868 la provincia sufrió los efectos de una moderada epidemia de cólera y algunos casos hubo en la ciudad que fueron denunciados por los doctores Crespi y Quadri, a quienes el gobierno gratificó con la suma de $ 100 a cada uno, como retribución por atenciones especiales en la epidemia.

El 24 de junio, por ley, se fijó el ejido de la ciudad en una legua cuadrada.

Al padre Aparicio lo reemplazó en 1867 el P. Generoso G. Santil, éste mandó hacer algunas reparaciones en el techo de la iglesia. el 22 de noviembre de 1866 en visita pastoral llegó Monseñor José M. Galabert y Crespo, sacerdote brillante de cálida palabra que por 8 días permaneció en la ciudad.

CAPITULO X

En 1880 se encontró la solución al pleito por la capital de la Nación. Reprimida la revuelta del poderoso gobernador de Buenos Aires, Dr. Carlos Tejedor, la Provincia debió aceptar la pérdida de la ciudad de Buenos Aires y a ella llegó el presidente general Roca, venciendo el veto porteño; se entendió haber dado al País la capital histórica pero la verdad es que se creó un centro de poder extraordinario que olvidó al interior.

Esta convulsión repercutió en la provincia, sobre todo en Concordia, donde llegaron en son de guerra fuerzas de Corrientes adeptas a Tejedor y como saldo sangriento, fue asesinado el coronel González, jefe político de la ciudad asaltada y padre del doctor Aquileo González.

Al término del gobierno del señor Antelo, nuevas tendencias sumadas a los jordanistas opositores con el consentimiento de su jefe exilado en la Banda Oriental, llevaron al sillón de Urquiza al general Eduardo Racedo, talentoso militar expedicionario al Paraguay y compañero de Roca en la campaña al desierto. Ya en el mando el 1º de mayo de 1883, designó ministros a los destacados jordanistas Miguel Laurencena, Juan A. Mantero y Sabá Z. Hernandez. Rápidamente se concretó el pensamiento oficial de trasladar la capital a Paraná, para lo cual, una Convención reunida en C. del Uruguay el 1º de agosto de 1883, -donde Nogoyá estuvo representada por el Dr. Juan José Caraballo y el coronel Garmendia-, reformó la Constitución de 1860, y en octubre de 1883 ya estaban las autoridades en Paraná y en construcción la actual casa de gobierno con un valor de $ 250.000. De acuerdo a la nueva carta, Nogoyá fue incorporado al partido judicial de Victoria y se designó al primer senador, doctor Gregorio F. de la Puente, vecino de Paraná, con campos en Don Cristóbal. A su renuncia en 1885, el coronel Garmendia lo reemplazó por un año terminando el período el señor Pedro Márquez, ganadero del Departamento. Este senado designó vice-gobernador al doctor Camilo Villagra.

La más trascendental obra del gobierno de Racedo, fue la construcción del ferrocarril central entrerriano; no es exagerado afirmar que el país se formó a lo largo de los rieles que señalaron asientos a las ciudades; notable confianza en el porvenir de la Nación por parte de los capitales que financiaron estas obras.

Por ley del 12 de junio de 1883 se autorizó al P.E. a construir por cuenta del erario un ferrocarril de trocha media que uniera Paraná con C. del Uruguay. La obra fue financiada por los mendocinos Lucas González y hermanos Villanueva y la línea que pasa por ésta, fue inaugurada en 1887 con 286 km. de extensión.

Paralelo al ferrocarril se tendieron las líneas del Telégrafo de la Provincia y la oficina local comenzó a trasmitir el 4 de diciembre de 1885 con la jefatura de don Mateo Borro.

Pocos meses antes de terminar su mandato renunció Racedo para desempeñar el Ministerio de Guerra y el P.E. fue ejercido por el presidente del Senado, doctor Manuel Crespo, hasta la designación del doctor Clemente Basavilbaso. Este llevó de ministros a los doctores Torcuato Gilbert, Fortunato Claderón y Sabá Z. Hernández; debiendo este gobierno hacer frente a la profunda crisis del «90», que en lo político produjo la caída del presidente Juárez Celman y en lo económico, determinó grandes quebrantos y caídas comerciales. Racedistas opositores en ese momento al Dr. Hernández, ya electo gobernador, pretendieron alterar el orden, pero la Nación por intermedio del coronel Reyes mantuvo la tranquilidad y el 1º de octubre de 1891 asumió el mando el nuevo mandatario.

Pasemos a la ciudad. En lo oficial: jefe político es don Angel C. Robles hasta el 2 de abril de 1883 siendo reemplazado por el coronel Garmendia, hasta el 20 de abril de 1887. Por un año es jefe el señor Ramón Moreira. El coronel Garmendia se desempeñó por unos meses, hasta octubre de 1888 en que el señor Bautista Latallada es el nuevo jefe.

El coronel Nicolás Garmendia, nacido en Paraná hijo del comandante Nicolás M. Garmendia, guerrero de Caseros, llegó a la ciudad como jefe de la guardia local. Desempeñó más tarde con eficacia las funciones de convencional, intendente, senador y jefe político. Jordanista neto (luchó en Don Gonzalo), gozó de la amistad y confianza de los generales López Jordán y Racedo, falleciendo en 1889, asesinado en la calle, frente al actual local del Club Social.

Diputados fueron: don Luis Bonaparte, porteño periodista destacado al frente del Progresista y el doctor Justo José Caraballo, abogado. En 1887 se reeligió al Dr. Caraballo y eligió al Sr. Moreira, quienes en estos años se interesaron infructuósamente para conseguir Juzgado de 1ª Instancia.

En 1899 se designó senador al Sr. José Otaño, hijo de don Felipe Otaño, ganadero, comerciante, político por muchos años en los que fue intendente, senador y jefe de las guardias nacionales.

Juez de Paz fueron en estos años: Pedro Márquez, Emilio Fernández y Ernesto Arengo. La receptoría estuvo desempeñada por Avelino Mantero, Ramón Machado y José H. Díaz.

Las escuelas en 1886 funcionaron así: Graduada de varones, director Eliseo B. Oriz y luego el señor José Y. Gramajo; maestros Esteban Arengo y Cornelio Vivanco. Escuela elemental de niñas, directora Aranzazú González del Pino; maestras Joaquina Bernachea, Leopoldina Pinto, Ramona del Gin y Francisca Rodríguez. Escuelas particulares, además de las citadas en los anteriores capítulos, en 1880 la del señor Victor Landeta, que se había retirado de la enseñanza oficial. En 1888 funcionó la Escuela «Bernardino Rivadavia» del recordado maestro Ramón Vivanco y en 1889 la escuela particular atendida por las hermanas Ernestina y María Acosta. Cerró sus puertas en 1911 por fallecimiento de la buena Doña Ernestina. Quiero rendir homenaje emocionado al recordarla pensando que sus temblorosas manos guiaron las mías al dibujar mis primeras letras.

Los periódicos de la epoca: El Progresista, del señor José H. Iribarren; más tarde lo dirigieron el diputado Bonaparte y el Sr. Vallejos. El «Primero de Mayo» fundado y escrito por don José Robles. El «Eco Popular» redactado por Leandro de Valle y en 1885 apareció «El Constitucional», publicado por la oposición al racedismo.

El gobierno municipal lo desempeñó en el bienio 80-81 el señor Domingo Casalino con la secretaría del Sr. Machado; al Consejo lo presidieron los Sres. Frutos, Vivanco y Soto. Los primeros meses de 1882 desempeñó la intendencia Don Urbano Salas que renunció, ocupándola el coronel Gamendia, que tuvo el honor de instalar los faroles a petróleo, luminaria pública que costaban $ 120 mensuales para alumbrar sólo 8 cuadras.

El señor Garmendia pasó a ser jefe y don José Otaño a la Intendencia, ordenando la vacunación obligatoria de «brazo a brazo» en «primavera y otoño». Feliciano Vivanco lo reemplazó, siguiendo de secretario el señor Machado. Estos mandaron construir el matadero por la empresa Manuel Hernández de Paraná. Presidió el Consejo don Javier Gramajo, votándose una partida de $ 50 mensuales para sostener la Banda Municipal, que el vecino don Juan Bianchi había formado con 10 músicos que deleitaban al vecindario, en melodiosas retretas semanales. Se suscribieron 100 acciones del nuevo Banco Provincial para así asegurar el mantenimiento de la sucursal local. En 1886 es Intendente el señor Manuel Gianello, comerciante; terminó la construcción del matadero. Se propicia la adquisición de un reloj público tan necesario ahora que la ciudad tiene ferrocarril; con este fin se designan comisiones de vecinos para aportar fondos. Desechada la primera idea de colocar el reloj en la torre de la iglesia -por no ser segura su construcción-, el municipio adquirió al señor Isidro Aquino, el terreno que sobre la plaza ocupa actualmente la municipalidad, para levantar en él la torre que sostuviera el reloj. La firma Guillino de Victoria construyó el mercado.

Por renuncia del señor Gianello pasan a ser Intendentes los señores José Iribarren, Macedonio Gallo y Grgorio Zapata. El municipio con $ 12 mensuales a cada una, subsidia las escuelas particulares del Sr. Landeta, señora de Segovia y señoritas Acosta y Rodríguez; para controlar los estudios así sostenidos, designa una comisión formada por los señores Vivanco, Olivera, Cardoso, Oriz, Matharan y Koefoe. Se crea una beca para la Fraternidad del colegio de C. del Uruguay.

El 1º de octubre de 1887, cumpliendo con la ley nacional de Registro Civil, se instaló su oficina, por el momento a cargo del municipio, teniendo como oficial 1º a Edelmiro Cardoso.

Gregorio Zapata como presidente y Macedonio Gallo como secretario ocupan el Gobierno Municipal en el bienio 88-89; años en que se prolongó el alumbrado y se levantó el edificio de la tablada; nombrándose, primer médico municipal al doctor Enrique Allende.

Don José Otaño presidente y Machado secretario, están al frente de la Comuna en 1889-90. Los sacerdotes de estos años son: el Pbro. Canala Echeverría hasta 1888 que se trasladó a Santa Fe, reemplazándolo el P. Lorenzo Mayorana y luego el P. Antonio Danielli. Visitas Pastorales: El Obispo de Paraná, José M. Galabert y Crespo, -en misión pastoral- visitó la ciudad por segunda vez, el 3 de enero de 1887 y en la tercera oportunidad es muy agasajado en los días de marzo de 1889.

Muestra de auspicioso progreso, el señor Luis Marchini, encargado del correo y padre del querido médico Luis C., instaló en 1886 una empresa de teléfonos.

En 1883, las damas, tan inclinadas a restañar el dolor de los humildes, fundaron una sociedad con el fin de sostener el hospital que atendiera los enfermos carentes de recursos. Con la presidencia de Doña Francisca Alem de Cardonet se formó la primera comisión directiva contando con el asesoramiento del diputado Bonaparte. El Gobierno le asignó un subsidio mensual de $ 50 y los vecinos contribuyeron generosamente y en forma muy especial don Juan B. Mihura.

Las comisiones presididas por las señoras Pascuala Massaferro de Casalino, María Casademot de Coll, Nicandra Otaño de Cerciat y Nieves Menoyo de Migoni trabajaron afanosamente, lo que les permitió construir un pequeño hospital de 27 camas que se inauguró el 3 de febrero de 1887, apadrinado por el gobernador Racedo, representado por el jefe coronel Garmendia. Al Dr. Enrique Allende llegado ese año se le designó director, y médicos los doctores Gerald, Francisco González y Remigio Babo, y al señor Esteban Oddone boticario. Contó en estos años el nosocomio con la irreemplazable cooperación de 5 hermanas franciscanas que fueron enfermeras, ecónomas, cocineras, mucamas y hasta dieron clase en una escuelita del hospital.

La inauguración de la estación local del ferrocarril, que tuvo de jefe al señor José Iribarren, contó con la presencia del gobernador Racedo, ampliamente agasajado por la población y aclamado por largas filas de colonos, que en carros desfilaron ante el mandatario. Por la noche se bailó en casa del coronel Navarro y en el Club Social. Al año siguiente al poner en servicio el ramal a Victoria, visitó por una horas la ciudad el gobernador Basavilbaso con los ministros Gilbert y Calderón, todos acompañando al vice-presidente Carlos Pellegrini en viaje a C. del Uruguay.

Como muestra de sociabilidad, el 9 de julio de 1883 se fundó el Club Social Nogoyá con la presidencia del Dr. Allende; tenía su sede en la casa del señor Antonio Otero. Tenemos además el Club de Artes y Oficios con local donde ahora está el Hotel Donatti.

El 6 de diciembre de 1887 el Presidente de la República Dr. Miguel Juárez Celman acompañado de los ministros general Racedo y doctor Wilde y en visita a la Provincia, había desembarcado en C. del Uruguay hospedándose en casa de la Sra. viuda del General Urquiza, doña Dolores Costa.

Luego de inaugurar los muelles del puerto de dicha ciudad, el día 8 tomó el tren para Paraná acompañado por el gobernador Basavilbaso y sus ministros; oportunidad en que pasó por la estación de Nogoyá donde por algunas horas fue agasajado por las autoridades locales, hablando en nombre de los vecinos el diputado señor Ramón Moreira.

En 1890 los comerciantes y ganaderos fundaron el «Club de Comercio» presidido por el señor Ramón Mihura. Tenía su local en casa del señor Bianchi.

En 1889 la firma Cerciat y Díaz puso en marcha el molino harinero «San Bernardo». Hubo grandiosas fiestas con el concurso de los numerosos colonos que sembraban el Departamento. Más tarde pasó a ser propiedad de la firma Quinodoz Hnos., formada por estos laboriosos hijos de suizos que han explotado variadas industrias. Es interesante consignar que el molino «San Bernardo» por intermedio de sus máquinas proporcionaba corriente eléctrica para alumbrar las casas de la actual esquina Centenario y 25 de Mayo (café, negocio y hotel del Sr. Juan Bianchi). Este fue el primer alumbrado eléctrico de la ciudad.

Me he referido a sembradores; quiero rendir justiciero homenaje a los primeros colonos, en su mayor parte italianos, que, cultivando los campos de Entre Ríos, hicieron la grandeza de la patria y fundaron familias de trabajo y progreso; entre ellos se recuerda a: Miguel Primo, José Grosso, Miguel Rosso, Miguel Comba, Patricio Ghirardi, Salvador Ronchi, Andrés Ghiano, José Beltramino, Francisco Rigali, Antonio Cavagna, Francisco Aladio, Francisco Faciano, Juan Paccor, Elías Lacca, José Beltaco, Domingo Merini, Juan Marcolini, Antonio Rivara, Pedro Solari, Juan Ramat, Armando Tabachi, Pedro Vanotti, Pedro Tognoli, José Firpo, hermanos Facello, Luis Orlandi y hermanos Quinodoz.

CAPITULO XI

En octubre de 1891 asumió el mando el Dr. Sabá Z. Hernández, competente político que realizó un dinámico gobierno. Fue vicegobernador el doctor Camilo Villagra; ministros los doctores: Carbó Gigena, Macía y Parera. Preocupados los gobernantes en colonizar las tierras fiscales se establecieron en el Departamento las colonias: La Llave, Lucas González, La Esperanza y Hernández, formándose luego en dos de ellas las conocidas villas Lucas González -en recuerdo de dicho señor- constructor del ferrocarril Central Entrerriano y Hernéndez -en homenaje al gobernador.

Durante este gobierno, la provincia vendió los ferrocarriles -que funcionaban como dependencia estatal con un presupuesto anual de $ 250.000- a una compañía formada en Londres con un capital de 16.174.000 pesos oro.

En 1892 la empresa tomó posesión de líneas y material rodante, habiendo actuado de intermediario el doctor Victorino de la Plaza, en una operación que aprobó el Congreso y ratificó el Presidente Pellegrini. La enajenación de una empresa de servicio público resulta una herejía social contemplada con el criterio actual. Pero en aquellos tiempos se entendía que el gobierno no debía ser patrón; se lo consideraba mal administrador, sin capacidad técnica, debiendo aplicar su energía a la obra del momento: poblar el desierto y fomentar las industrias madres.

Al término del mandato del Dr. Hernández se designó gobernador al médico de Paraná Dr. Salvador Maciá; fueron sus ministros Torcuato Gilbert, Ramón Parera y Fortunato Calderón. Favorecido por la tranquilidad interior de estos años y por el considerable aporte inmigratorio, el gobierno pudo fomentar el comercio, la ganadería y la agricultura por medio de la colonización oficial y la construcción de edificios públicos, escuelas y caminos.

En 1899 retornó al gobierno el doctor Leonidas Echagüe. Gobernador en 1872, persona sencilla, considerada como una reliquia del pasado; sus ministros fueron Esteban N. Comaleras y Benito E. Pérez; vicegobernador el señor Samuel Parera Denis. En marzo de 1900, el doctor Echagüe con el concurso del interventor Nacional general Lorenzo Winter consiguió dominar una revuelta hernandista, última asonada que sufrió la Provincia.

Se había formado una junta revolucionaria presidida por el señor Belisario Núñez e integrada por los señores Carlos de Elías, Ramón Otaño, Sixto Vela, Cándido Irazusta, Sabá Z. Hernández y los coroneles Franco, Velázquez, Armoa y Enríquez. El movimiento se concretó en Colón y Tala, donde se peleó bravamente, siendo herido el capitán Hernández y el coronel Pedro Armoa. La Junta Revolucionaria concentró fuerzas en Tala y desde allí marcharon sobre Victoria, que fue tomada en sangrienta lucha.

Las tropas policiales de Paraná -al mando de su jefe el comandante Tejada-, reconquistaron la ciudad justamente al llegar el interventor nacional. En Nogoyá se formaron acantonamientos de ambos bandos, -los que se tiroteraron todo el día- siendo herido frente a la Municipalidad el señor Pedro Ortíz, comerciante muy estimado y que falleció más tarde, como resultado del accidente. Las fuerzas policiales y del regimiento de Guardias Nacionales al mando del jefe político señor Ramón Moreira debieron marchar a Victoria con el fin de cooperar al sometimiento de la plaza, pero a su llegada la lucha había terminado.

La ciudad acentuó el ritmo del progreso a impulso de nuevos aportes inmigratorios.

En la jefatura, al Sr. Latallada sucedió el Sr. Moreira que fue jefe durante toda la década.

El Juzgado de Paz lo desempeñó el señor Urbano Salas y luego por varios períodos lo ocupó don Pedro Echagüe, vecino de Paraná que en 1899 tuvo de Secretario al señor Luis Ariente.

La receptoría estuvo a cargo de los señores José H. Díaz, Celestino Braun, Francisco Herrera y Juan G. Rocha.

Al Registro Civil, ahora de la Provincia, lo atendía el señor Edelmiro Cardoso.

El señor Luis Bonaparte, habiendo sido diputado, desempeñó el cargo de senador desde 1890 a 1896; de este año a 1898 fue senador el profesor Alejandro Carbó. Singular circunstancia, que el «Pico de Oro» del Congreso Nacional, el notable maestro Director de las Escuelas Normales de Paraná y Córdoba, el Hombre de una sola conducta que juntamente con el gran hermano, el gobernador Enrique Carbó dieron días de fama al historial Entrerriano, fuera representante del Departamento.

Los diputados de esta década fueron: Carlos M. de Elía y Ruperto Acebal, desde 1890 hasta 1892; Horacio Quiroga González y Francisco B. Maglione, de 1893 al 1895 (estas personas no eran vecinos del Departamento).

Desde 1896-97 y hasta 1898 fueron diputados los vecinos Carmelo Cardoso y José Otaño. En el 99 y 1900 ocuparon estas bancas Cleofe Cardoso y Luis Leguizamón, este último vecino de Paraná. Los hermanos Carmelo y Cleofe Cardoso -que en repetidas oportunidades fueron legisladores nogoyaenses-, descendían de una antiquísima y tradicional familia de la ciudad en la que se habían destacado algunos de sus miembros como educadores y militares. Don Carmelo y Don Cleofe fueron auténticos criollos, cultos, sencillos y amigos de todo el vecindario.

Quiero decir dos palabras sobre nuestra historia bancaria. La primera institución de crédito fue el banco particular del señor Miguel Garbino, vecino de Gualeguaychú. Funcionó por el año 1870 y emitió billetes que circularon en la zona. Desde 1885 funcionó la sucursal de los varios y poco sólidos bancos provinciales -que con intermitencia terminaron por entrar en liquidación en 1903; a cargo de las receptorías estuvo esta tarea final. En 1881 funcionó la agencia del Banco Nacional a cargo del Sr. Antonio Rodríguez Lima, desaparecida por la transformación en el «Banco de la Nación». Este abrió su sucursal el 29 de marzo de 1892, con un capital de $ 50.000. Ocupó la actual casa del señor Antonio Grosso; teniendo de gerente al Sr. Benjamín Olivera, de contador a Melitón González, de tesorero a Luis V. Castagnola y de auxiliar a Eduardo Martín.

Con motivo de la implantación del servicio militar obligatorio, se estableció en la estación XX de Septiembre un campamento de reclutas, que en fecha 15 de abril de 1896 comenzó a funcionar bajo el mando del general Francisco Leyria. Participaron varios jóvenes locales, entre ellos Juan Cresta, José Sarrieta, Manuel D. Amestoy, Esteban Gabino, Juan T. Fernández, Rogelio Solís, Emilio Mihura, Serafín Guillani, Manuel Garmendia, Ernesto Atencio, Modesto Giles, Roberto Rojas, Carlos Taborda y Raymundo Larrat.

Levantado el campamento por razones sanitarias, se creó el regimiento Nogoyá de Guardias Nacionales, fuerte de 400 plazas que comandaba el señor José Otaño con el grado de coronel. Tenía la comandancia y el salón de academia en una habitación del hotel de los Señores Yturburo y Bianchi, (actual Hotel Donati) y la plana mayor la formaban: segundo jefe Pedro Galloso; capitanes: Esteban Gabino, José Sarrieta, Felipe Escales, Francisco Navarro y Francisco Pagano.

El correo estuvo atendido por el señor Luis Marchini desde 1872 hasta 1891, en que pasó a ser jefe del departamento en Paraná, quedando de encargado el señor Francisco del Pino, y luego don Luis G. Bogado; desde 1894 fue auxiliar la señorita Sofía Segovia.

En 1895 por nueva organización de las escuelas se crearon: la Superior Mixta graduada con 6 cursos; ocupó la casa (actual Farmacia del Pueblo), y la elemental que funcionando en la casa de los Caraballo pasó a la estación. La Superiora estuvo dirigida por el Sr. Amadeo Aucheter y luego por el señor Alejandro Sánchez; fueron maestros: el Sr. Manuel Cabrera, Tristán Mendieta, Cornelio Vivanco, Federico Marín, Carmelito Cardoso, Matilde Mernes, Adela S. de Bonasina, Paulina P. de Otero, Elisa Hiriar y Camila Fernández. La elemental en la estación, fue atendida por la señora Clara P. de Aranguren; señoritas: Angela Lisa, María Barredo, Ramona Olguín, María Luisa Quiroga, Angela Rodríguez Soto de Cabrera y Zoraida Goñi. Por acertada resolución del Consejo Administrativo de la Enseñanza Pública presidido por el señor Manuel Antequeda, quien tanto hizo por las escuelas de la provincia, se crearon comisiones auxiliares en cada Departamento. La de Nogoyá la formaron los siguientes vecinos: Jaime Escales, Juan Montserrat, Néstor Navarro, Lucilo D. Giménez y Bernardo Iturburo.

En 1896 se designó Delegado Escolar al maestro normal Sr. Felipe Garvell.

Se crearon las escuelas particulares de la señorita Ramona Coronel y la de la señora Máxima B. de López.

En abril de 1893 se fundó el Centro Literario «Olegario V. Andrade», teniendo de presidente al maestro señor Auschter. Fue un centro cultural que trazó este elevado programa: conferencias literarias, certámenes, veladas, reuniones patrióticas y por fin editar una revista para consignar en ella la producción literaria de la sociedad.

En esta fecha se fundó el Club Artesanos Unidos con sede en casa de las hermanas Martínez Hereñú.

La oposición, siempre bravía, editó el periódico «El Combate» que escribía el «cordobés» Fernández. «El Progresista» siguió apareciendo como expresión de la situación oficial.

El 14 de diciembre de 1893 falleció en Victoria el coronel Manuel J. Navarro, de larga actuación en la ciudad. Había nacido en San Fernando en 1821 y perseguido su padre por Rosas, debió refugiarse en Entre Ríos bajo la protección de Urquiza. Este lo llevó a Pago Largo, donde, de 19 años de edad, se ganó las jinetas de sargento mayor. Supo granjearse la confianza de Don Justo, a quien acompañó en las guerras y siguió a Caseros como segundo jefe de la escolta. Jefe político de Paraná pasó a Nogoyá en 1860 como comandante, quedándose en ésta por más de 25 años, en los que fue jefe de policía, diputado, convencional y ganadero. En 1886 se trasladó a Victoria donde incorporado al Escalafón Nacional fue nombrado Subprefecto, cargo que desempeñaba al fallecer.

El P. Molfesse atendió la iglesia de 1894 a 1895; luego los Padres Miguel Torres Vilches y Juan B. Uriarte hasta 1899, en que llegó el P. Santiago Scarella -conocido arquitecto- que planeó y dirigió la ampliación de la iglesia con naves y cruceros de su construcción se ocupó el señor Luis Zironi.

El 11 de noviembre de 1898 el Obispo de Paraná Monseñor Rosendo de La Lastra y Gordillo visitó la ciudad por varios días, en misión evangélica.

En estos años se radicaron los médicos doctores Víctor R. Alzugaray, Bernardo Marquina y Jacinto de Zuazo. El Dr. Enrique Galante llegó en 1897, siendo nombrado director del hospital; en esta fecha se incorporó el médico español Dr. Maximino Abelenda recibido en la sabia Universidad de Santiago de Compostela, donde había sido profesor y periodista. Fue director del hospital y médico municipal. En los años siguientes llegaron los doctores Emilio Finigli, José Vitalianni, José F. Fornes y Guillermo Martino, el que después de un tiempo regresó a Italia para residir en Roma.

En estos tiempos en la esquina de la plaza (librería del señor Almirón) tuvo farmacia el Sr. Jacinto Olivera; luego su esposa la vendió al señor Renato Beti, que la trasladó frente a la iglesia.

En 1894 en gira proselitista visitó la ciudad el fundador de la Unión Cívica Radical, «el profeta de las barbas blancas» Dr. Leandro N. Alem; fue agasajado por las fuerzas opositoras y se hospedó en casa del señor Demetrio Martínez -frente a la plaza- desde cuyos balcones con su habitual verba de guerra, el Dr. Alem arengó al pueblo. En esta gira del doctor Alem, comenzada en Paraná el 29 de abril, visitó Nogoyá, Tala, Victoria y Gualeguay. Movilizados los elementos radicales, se reunieron en Convención en Rosario Tala el 1º de mayo, allí se eligió candidatos a gobernador y vice a los antiguos jordanistas don José Vicente Morán y doctor José Luis Churruarin.

Don Jacinto Arigós fue presidente municipal en los años 91-92 con la secretaría de Macedonio Gallo y la presidencia del Consejo en manos de los señores Ramón Mihura y Clodomiro Texier. El presupuesto de 1892 fue de $ 22.472. Por economía, se ordenó no dar luz a los faroles las noches de luna llena. Don Felipe Vivanco es Intendente en los años 93, 94, 95 y 96, teniendo de secretarios a Ricardo Salas y Amador Iparraguirre. Presidentes del consejo son los señores Arigós y Antonio Salvat (padre del profesor Raymundo Salvat, nacido en Nogoyá).

Se nombrarón comisiones de damas para aportar fondos con el fin de adquirir el reloj y el municipio destinó $ 300 a ese objeto. Se aprueban los planos del señor Ghiggino para construir la tan deseada torre; el señor Luis Galli la levantó y por fin, después de tanta fatiga, en 1897 se colocó el reloj, traído de Suiza, con un valor de $ 2.700.

Cosa extraordinaria, triunfó la oposición en 1896 y es elegido intendente el doctor Manuel Navarro, hijo del coronel Manuel J., quien designó como secretarios a Ricardo Salas y Juan Fernández; presiden el consejo los señores Jaime Escales y J. R. Coll.

En 1898 la oposición hernandista al unicato de Roca explotó en franca rebelión y en Victoria las tropas de Hernández dirigidas por el señor Francisco Mihura ocuparon la ciudad. En Nogoyá tuvimos tiroteos durante 2 días; los opositores acantonados en la casa del señor Martínez, frente a la plaza, hostigaban a la policía y al cantón de la residencia del senador Otaño (sanatorio). En la municipalidad, colocada en la oposición por sus autoridades reinó el caos y como la revuelta fue quebrada en la provincia, el doctor Navarro debió huir y el municipio fue intervenido el 16 de julio de 1898.

Don Felipe Vivanco volvió a la intendencia en el período 1898 - 1901, teniendo de secretarios a Felipe Salas y Ramón Coll; al consejo lo presidieron Jacinto Salvat y Francisco Bolívar.

El virtuoso sacerdote y notable proyectista Padre Scarella formuló un plano con detalles y referencias para levantar a ambos lados de la torre del reloj, un edificio para la Municipalidad, aprobado por el consejo; se emitieron 180 acciones de $ 100 c/u. par dar principio a la obra.

El 22 de julio de 1900 se dan los actuales nombres a las calles de la ciudad.

INDICE BIBLIOGRAFICO

Relatos, documentos y recuerdos locales. Mi profundo agradecimiento a las personas que tan gentilmente me ayudaron y en especial mi reconocimiento al señor Valente, director de «Actualidad» que publicó varios de estos relatos parciales.

Historia de la Nación Argentina. Academia de la Historia. 10 tomos.

Archivo Genral de la Nación.

Archivo de Entre Ríos.

Archivo del Palacio San José.

El drama de San José - W. Gadea.

Caudillos Entrerrianos - Francisco Ramirez. Anibal Vazquez.

Archivo Municpal de Nogoyá.

Historia de Entre Ríos. III tomos - Dr. B.C. Perez Colman (para la parte colonial)

Contribucióna la historia de Entre Ríos, Martin Ruiz Moreno.

El Pasado Entrerriano - Mariano Calvento.

Historia de la Virgen del Carmen de Nogoyá - Prof. J.A. Segura, de esta obra que ha agotado el tema he tomado los datos correspondientes a la Iglesia.

Entre Ríos entre dos cruces - Dr. Antonio Sagarna.

Florencio Varela - Leoncio Gianello.

Historia de Santa Fe - Dr. Gianello.

Historia de Santa Fe - Manuel Cervera.

Archivo de la provincia de Santa Fe.

Recuerdos de un anciano - Vicente Quesada.

50 años de vida independiente de Paraná - Dr. Perez Colman.

El Nor-Este argentino, su historia - C. Perez Colman.

Historia de la Policía de Entre Ríos.

Historia de Entre Ríos. 3 tomos - Benigno T. Martinez.

Boletin oficial de la Provincia.

Historia de los Gobernadores. 5 tomos - Antonio Zinni.

Recopilación de leyes, acuerdos y decretos de la Provincia (E.R.) 20 tomos.

Diarios locales, revistas, Diarios de las Camaras.

Mensajes de los Gobernadores Argentinos. 5 tomos - R. Bustamante.

Asambleas legislativas Argentinas. 6 tomos - Emilio Ravignani.

El poder legislativo Argentino. 3 tomos - Dr. Silva.

Correspondencia de Mitre. Museo Mitre. La Nación.

Mensajes y memorias de los gobernadores y ministros de Entre Ríos.

Biografías Argentinas. 5 tomos - Cap. de Fragata J. Yaben.

Los F.C. Argentinos. El Ateneo.

Evolución de las ideas políticas - Mariano de Vedia y Mitre.

Historia de la Iglesia. Nociones de historia eclesiastica argentina.

El Colegio del Uruguay - Dr. Sagarna.

El Nacional, periodico de la confederación.

La última década del Prócer - Dr. Sagarna.

«La Fraternidad» - Dr. Sagarna.

Recuerdos de Concordia - Sr. Antonio Castro.

2 Siglos de Vida Entrerriana - Anibal Vazquez.